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INVESTIGACIÓN DE LA PATERNIDAD La hermosa niña se había criado alegre, sana, robusta, en la amada y amante compañía de su madre. Queríanse ambas más que se quieren una madre y una hija, porque sobre ese amor natural las ligaba ese amor concentrado de dos seres que no tienen otros amores en el mundo. Vivían de ellas y para ellas, solas en la casa, solas en la mesa, solas en el lecho y solas en las venturas como en las adversidades, sin repartir con nadie cariño, ni casa, ni vida. Eran pobres, y la madre trabajando y acercándose á la madurez, y la niña jugando y acercándose á la mocedad, veían pasar los años mirándose una en otra. Pero á medida que los años pasaban, las mujeres iban entristeciéndose. Parecía como si se les interpusiera una sombra de alg- o secreto que, sin poderlo tocar, revoloteaba entre ellas. La hija se quedaba muchas veces con los labios entreabiertos y los ojos fijos eri la- nadie, como para preguntarle cosas que nc. se atrevía á preguntar. La madi e iniciaba con frecuencia conversaciones de las cuales luego se apartaba bruscamente. ¿Y cómo se llamaban? Hay que decirlo, y no porque los nombres sean necesarios en ninguna hi. storia, sino porque precisamente ésta arranca de los nombres y por los nombres sigue y acaba. Margarita Campos era el de la madre. El de la hija, Margarita ¿qué? Nadie lo sabía, ni aun la propia muchacha. Y de esta ignorancia venían sus tristezas. La gente la conocía por el apellido de la madre. Pero ella pensaba que habría de llevar antes otro apellido: el del padre. Y ese no aparecía ni en el uso ni en la partida de bautismo. Siendo ya moza, supo la vergonzosa causa de la omisión. ¿La preguntó ella? ¿La fué revelada espontáneamente? No importa averiguarlo. Llabía llegado á la edad en que las mujeres tienen que saber de dónde vienen y á dónde. van, y Margarita supo que era hija de padre desconocido. Y entonces las tristezas de la verdad fueron mayores que las tristezas de la duda. Porc ue antes envidiaba á aquella niña de su vecindad que recibía á todas horas besos y abrazos de su padre; ahora lloraba estos dolores suyos y además los dolores de su madre, abandonada por un seductoi Nunca dudó de ella; habría sido una de esas almas candorosas enamoradas de su verdugo. Y como Margaritina (que así la llamaban para diferenciarla de la madre) había entrado en la edad de los amores, disculpaba y compadecía los extravíos del corazón. Por eso, lejos de enfriarse el carino filial, se estrechó más fuertemente con la confidencia del secreto. Y puede decirse que el secreto empezó el día que se reveló. Acabaron aquellas miradas escudriñadoras, aquellas preguntas del deseo que nunca llegaban á los labios. No se habló más de ello; y si algún recuerdo involuntario turbaba aquel olvido voluntario, pronto el silencio volvía á las bocas, cerrándolas con besos mutuos. Margarita enfermó un día; otro, empeoró; otro, murió. Quedóse la hija completamente sola y completamente pobre. ¿Pero había quedado completamente huérfana? Esta fué la duda de Margaritina; ni su madre le dijo nunca, ni ella le preguntó jamás quién fuera el padre, ni si era vivo ó muerto. La