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sus amigos esperaban al músico; no liabía que reparar en la costa; cincuenta, ochenta, cien duros por tocar media hora la flauta; la utilidad de cada concierto en el teatro de Osuna, si llegaba á quince, era todo lo de Dios. Aun así, no vaciló el flautista; no le tentó la oferta. ¿Cómo he de ir yo- -me dijo- -á la casa de un hombre que llama á los trinos gorgoreos? ¿Te parece á ti que eso estaría decente? Y prosiguió escribiendo sus valses. Al otro día tuve que darle un duro para que no fuese á pie á una villa inmediata. Regresó Arturo á mi pueblo el iniércoles santo. Durante su ausencia, los músicos de la orquesta m e habían invitado para que les acompañase á tocar el Miserere en la Colegiata; un Miserere primorosísimo, obra del maestro Regalado; de un antiguo organista de los que, en el buen tiempo añejo, nombraban y pagaban los duques de Osuna. Convidé á mi vez á Arturo y fué conmigo al templo, pero sin ánimo de lucir su grande habilidad, seguramente por no deslucir la escasa mía. Púsose á mi lado, junto al atril, para volver las hojas. Le ofrecí la flauta para el Tibi soli y para el Ecce enim; insistí poitiadamente para que tocase el Reddt 77ii hi icetitiam, que era un canto lleno de vida y de vigorosos matices... ¡Sigue, sigue tú! ¡Va bien! -me decía. Llegamos al Libera me, verso en que la flauta llevaba todo el canto; un adagio en mi menor; cuatro notas tenidas, de una melodía encantadora. Aquella hermosa repetición Detís, Deus, salutis mece, había arrancado del alma del obscuro compositor un grito de suprema angustia al par que de infinita esperanza. Con labios trémulos por la emoción artística y por el miedo consiguientes á estarme confiado aquel canto dulcísimo, que escuchaban con recogimiento más de mil personas, iba yo saliendo adelante con mi empresa lo menos mal posible. En una de las pausas miré ai maestro Arturo: dos gruesas lágrimas reslaalaban por sus morenas mejillas hasta perderse en el encrespado erial de su barba, negra como las penas que debía de haber en el fondo de aquella alma inescrutcible. Cuando sonó el último acorde del verso, Arturo, precipitadamente, me arrebató la flauta y dijo á media voz á los músicos- -Da capo. -Comenzó de nuevo A Libera WÍC, -pero ya aquello no parecía un aire lento y majestuoso; ya era un desbordado torrente de sonidos, de escalas cromáticas, de hermosísima filigrana musical. Aquellas mínimas y seminimas se dividían y subdividían por arte prodigiosa en la flauta mágica de aquel hombre. Había en aquel canto inverosímil charlas de pajariUos al apuntar el día, queiidos de dolor, suspiros de esperanza, gritos de triunfo, súplicas vehementes... todo un mundo de sentimientos calurosos, y todo ello contrastando agradable y artísticamente con el pausado y medroso idíiuo de la voz que cantaba; Libera me de sanguinibus... tu: ii f 1 Jl J J i. jj tf j. í H t A ife í j i i f j Ú y iV t a. A -A. caDÓ el verso, iíscuchábase en la iglesia sordo rumor de asombro. Abracé y abrazaron los músicos á Arturo. E l lloraba, lloraba, y no acertaba á proferir palabra alguna. Cuando se repuso algún tanto, díjome con entrecortada voz: ¡Dios te lo pague! ¡Hacía veinte años que no lloraba! ¡Y qué falta me hacía! Han pasado treinta y dos años. No sé qué sería de Arturo, ni si libraría Dios en la borrasca de la vida al que tan inspiradamente interpretaba con su negra flauta de cañutos Ta. J 3. aos él Libera jtie ás David. Una ola lo trajo á mi playa, y otra se lo llevó. FRANCISCO R O D R Í G U E Z DIBUJOS DE MÉNDEZ BRIisüA MARÍN