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S ftf 4 i I Ti XJ Tío RREGLANDo unos papeles viejos, tropecé ayer con aquellos rarísimos valses que tan deleitaf í y i blemente sonaban en la mágica flauta negra de cañutos rajados. ¡A bien que le importaban á Arturo gran cosa las grietas de su flauta, mientras para remediarlas hubiese á mano cera y bramante, y, sobre todo, mientras él tuviese aquella grandísima habilidad en los labios y en los dedos! Y no, no era, á buen seguro, el dios Pan; él solía decirlo, sonriendo con tristeza: -jPím- -añadía- -es un dios orgulloso, á quien muchos días invoco infructuosamente. No es que ¡os liíoses SI; van; es que se lian ido. ¿De dónde había venido aquel hombre? Todo en él era un misterio. -Yo no me llamo Arturo- -me dijo una tarde; -usando ese nombre, sólo indico mi procedencia: soy del Norte. -Y agrego, arrepintiéndose de la franqueza: -Del Norte de un país que está al Sur de otro más boreal. ¡Y quedé enterado! Era alto, moreno, acompañado de carnes, de perfil griego, de mirada inteligente, de labios un tanto gruesos, siempre contraídos por una sonrisa en que había algo de gesto de dolor. Tendría, á lo sumo, cuarenta años. Recitaba, en sus idiomas, poesías de Eeopardi, Heine y Víctor Hugo. Hablaba el castellano correctamente y sin dejillo alguno extranjero. Afirmaba, sin embarg o, que no era español. ¿Mentía? Lo que sí podía asegurarse es que aquel hombre era, y tenía derecho á ser, algo y aun mucho más que un flavitista vagabundo. Iba dand j conciertos. Su estropeado sombrero y su terno raído, negro antaño, ya de color de ala de mosca, indicaban muy á las claras lo mezquino de la profesión. ¡Bien se reían los botillos, por ambas puntas, de la extremada pobreza de su amo; pero mejor se reía éste de la risa de los botillos! ¿Quién piensa en estas indignas tonterías? -exclamaba con seriedad cómica. Y cogía una guitarra- -porque el bueno del roñe hacía á pluma á pelo- -y cantaba, acompañándose con gran soltura: La niña que á mí me quiera lia de ser con condición que, en liaciéndole yo esta seña. Aquí silbaba muy picarescamente. ha de salir al balcón. Mas si acaso su padre está allí, me ha de responder... Y aquí volvía á silbar con gran donosura, hasta llenar los seis compases que le faltaban á la frase musical. Pronto fuimos amigos y fui su alumno; que entonces andaba yo muy dado al divino arte. A pesar de mis dieciocho años, hablaba de tú al maestro. Yo comprometía á los músicos de la orquesta para que le acompañasen gratuitamente en sas conciertos, y él, de agradecido, escribía para mí muchas de las lindas composiciones de su abundante repertorio. ¡Y qué rico era en medio de su pobreza! ¡Cómo despreciaba el dinero! Un viejo marqués quiso obsequiar á su tertulia con música y dulces. Hizo llamar á Arturo, que estaba conmigo en la mesa del café, atareado en escribirme unos valses de trinos, y Arturo se negó rotundamente á complacerle, aun á üesar de mis instancias. Volvió poco después el emisario; para el marqués era caso de amor propio;