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EL HOMBRE DE LOS LADEILLOS COSAS VISTAS H Í N el físico era bastante parecido á Don Quijo A te, y en lo moral guardaba también analo gías con el gran hidalgo; pero como le estuviera vedado luchar en pro de altas causas que supusie, ran mayor empeño, decidió un día trasponer la frontera con el fin de que la capital del orbe civilizado participase de su experiencia. Durante muchos años había ejercido sosegadamente en Barcelona la profesión de maestro de obras, sin que ni por asomos pensara en la manera como en las otras naciones se construyese. De ello tenía, sin embargo, vagas noticias por trabajadores franceses del Mediodía, á quienes interrogaba con curiosidad inagotable, como verdadero amante de su profesión. Y mostraba conformidad cabal con todos los procedimientos arquitectónicos en uso y desusados. Con todo estaba de acuerdo, menos con el modo de colocar el ladrillo. En este particular se cometían errores magnos, á su manera de ver y entender. Y el hombre, al puntualizarlos, alcanzaba una elocuencia tan grande, que para sí la quisieran muchos tribunos encampanados. El ladrillo en las construcciones francesas se coloca de forma que da lástima, decía arrugando su semblante enjuto. Si yo pudiera quitarme algunos años de encima, á París me iba sin que nadie me detuviera; pero viajo y todo como soy, todavía me siento con fuerzas para que mi nombre no se quede olvidado en este rincón del mundo. Y, en efecto, sin tener en cuenta años ni desengaños, un día sacó un billete de tercera en la estación de Francia, y á París sé fué, henchido el pecho de esperanzas amplias. A sus compañeros de viaje refería el motivo de su expedición, principalmente á aquellos que por su aspecto le parecían más aptos para comprenderle, y unos le escuchaban asustados y otros abrían ojos enormes ante el reformador de la con. sírucción en toda Francia. Su aspecto chocaba extraordinariamente á sus compatriotas, portadores de proyectos más humildes, á causa de la semejanza quijotesca ya apuntaU. lfe l da, y á los franceses por idéntica razón y por hallarse totalmente desposeído de abrigo ni cosa que lo pareciese, y eso que le hubiera venido que ni pintado. Pero el buen maestro soportaba con heroicidad sin límites el frío terrible del vagón, en aras de lo magno de sus propósitos. Cuando llegó á París era ya de noche, y no pudo persuadirse por sí mismo d e q u e á su viaje seguía presidiendo la razón fundamental de haberlo emprendido; por más que aguzaba sus ojos, no pudo distinguir ningún muro de ladrillos. Todos cuantos divisó estaban revocados ó eran de piedra de sillería Aquella noche el maestro de obras soñó con edificios que se agrietaban, con muros donde se abrían anchos boquetes, con paredes apuntaladas... y hasta llegaron á contemplar sus ojos satisfechos el espectáculo de medio París en ruinas, como si la ciudad hubiera sido teatro de un horrendo terremoto. Viendo acarrear y colocar ladrillos, se persuadió firmemente de lo fecundo de las obras á que la Providencia le destinaba, y lleno de un júbilo con ningún otro comparable, buscó el necesario alivio de su estómago en un restaurant obrero en armonía con sus recursos pecuniarios, que eran más que reducidos, á senrejanza de los que llevan quienes buscan fortuna ó manera de vivir en extrañas tierras, principalmente si son españoles. Desde aquel instante empezó para el buen maestro el calvario inevitable que persigue á los inventores y reformadores, como la sombra al cuerpo. Media colonia española de París se vio acosada por él en solicitud de cartas de presentación para todos los arquitectos parisienses, quienes, en posesión de convicciones tan sólidas como los edificios que levantaban, ni siquiera oj eron al maestro reformista. El cual dio al fin con uno más humano que los demás, que le arrancó de su ensueño colocándole en un andamio. Era en un día de los más terribles del Enero parisiense, y el desdichado maestro se encontraba en las alturas con la cara amoratada y las manos despellejadas 3 cubiertas de sangre. Eos cruentos cuanto acariciados ladrillos le pusieron en extremidad tan desoladora. Sólo entonces se convenció á sí mismo de que ñ descubrimiento era puramente fantástico. Y en presencia de tan siniestro acabar se encaminó al Consulado de España, 3 a totalmente fenecidas sus ilusiones, á fin de que le procurasen un billete de regreso. Por el camino, aquel hombre semejaba el postrer capítulo del Quijote puesto en acción. i -Lsj. -rv T i i, v- i, te D I B U J O DE J FRANCÉS C. ROMÁN SALAMERO