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-Porque cuando en los días estivales- -continuó el calor- -abrumo con mi peso al jornalero que cava el terruño al sol, ó funde el metal en el horno, éste, mi mal hermano el frío, se introduce en la memoria del abrasado jornalero, recordándole qvie él llegará después para consolarle de mis ardores, y el hombre le llama y lo desea. -De lo mismo me quejo yo- -siguió el frío, -porque en las noches invernales, cuando- m -acuesto, hecho escarcha y nieve, en el regazo de la tierra, el hombre se consuela de mis heladas, esperando la venida de este mi enemigo destructor de mis obras. ¿Y por qué no acometéis á la par al hombre para destruirlo? -Porque huimos el uno del otro. Y si á veces nos confundimos y nos abrazamos en el Otoño y la Primavera, el hombre nos bendice y ama la vida en la placidez que llevamos á su cuerpo. Nuestro abrazo es un bien, en lugar de ser dos males juntos. -Yo- -murmuró la envidia- -hago en el hombre el mismo oficio que la ambición. Soy un estimulante amargo, sí, pero activo. Soy como la ahijada para los bueyes; les duele, mas les hace andar. l í e visto envidiosos tan desatentados, que se han hecho buenos por envidia á los santos. -Y yo- -dijo el hambre- -tengo papel parecido al de la envidia y la ambición, aunque éstas actíian sobre el espíritu y yo sobre la carne. Produzco, sin querer, la virtud del trabajo en los pobres. Los ricos se enojan cuando no me tienen en sus estómagos inapetentes, y hasta me buscan con artificios de la química para darse luego el placer de matarme en la mesa. I,o s médicos se valen de mí para curar las dolencias corporales. Soy un mal útil al progreso social; los hambrientos se apiñan v se educan por defenderse de mí. -Yo- -dijo la obscuridad- -no parezco hija derivada de estas tinieblas infernales. En cuanto llego al mundo, el hombre se duerme, y mientras duerme no peca. Soy una negra servidora de la luz: el marco, el reverbero para que ella luzca más. Cuando los ojos humanos salen de mí y entran abañarse en las ondas luminosas, las bocas cantan ¡bendita sea la luz! ¡qué hermosa es la luz! en alabanza de mi enemiga. Estoy acreditándola. Hasta el arte me hace asunto de la belleza inventando el claro- obscuro. Sin mí, la luz sería una ofensa constante de la retina, -Yo tengo iguales queja. s- -dijo la fealdad. -Soy la desesperada colaboradora d é l a hermosura. Si todos los seres fueran hermosos, no habría hermos. u. ra. Luzbel quedó pensativo, perpléio, anonauaao, y mego rugió: rr. V- r ¿Conque mis hijos preaiiectos no me sirven para nada ni traen a mi caverna el fruto que yo e, peraba de ellos? ¿Conque el rnal puede ser un bien, no ya útil, sino necesario en la vida humana? ¡Quizá yo mismo, el inal en persona, no soj- más que un candido auxiliar de Dios! ¡Quizá, sin mí, la humanidad le tendría menos respeto! ¡Ouizá hago más justos con mi infierno que Él con su cielo! ¡Quizá me tiene aquí para que me teman los que no le aman! EUGENIO SELLES DIBUJOS DE HUERTAS