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í f k t V- M: ¿i lEír. luüLXv BlEUHECECOS. fiCjJ PüZBEiv congreg cS á sus liijos, los demonios del mal, engendrados en sus lascivias tenebrosas i i ii con la gran serpiente del Paraíso. Eran muchos hermanos, tantos como son los males que afligen al hombre y le desesperan y le extravían del camino del bien hasta hacerle caer en las simas siempre abiertas del infierno. -vSé, malos hijos míos, -empezó á decirles. Y el mayor de ellos le atajó la palabra preguntándole: ¡Malos! ¿Por qué? -Porque lo sois y debéis serlo. Por ser malos os llamo hijos míos; que si fuerais buenos, creería en la infidelidad de vuestra madre. Sé- -continuó- -que alg uno de vosotros estáis descontentos de la obra que os he encomendado en el mundo. No me apesadumbra vuestro descontento; al contrario, me alegra, porque no sería yo quien soy si no me alegraran las tristezas, aun siendo las de mis hijos. Pero necesito saber la causa para que, puesto el remedio, trabajéis con la fe cjue infunde la eficacia de lo que hacemos. -Sentimos, en verdad, desmayos viendo que el arma de mortificación que nos diste no es tan dura ni alcanza tanto como imaginamos. Somos herederos de tu orgullo, y nos humilla ver que el hombre, á veces, se ríe y se burla de nosotros. ¿Cómo el hombre de carne blanda y de alma irresoluta ha de ser fuerte para burlarse de los males físicos y espirituales? ¿Cómo ha de reírse de ti, enfermedad que le atormentas; de ti, obscuridad C ue le entristeces; de ti, deshonestidad que le deshonras; de ti, fealdad que le ridiculizas; de ti, fuego que le abrasas; de ti, frío que le entiimeces; de ti, ambición que le desasosiegas; de ti, envidia cjue le consumes; de ti, hambre que le desesperas, j en suma, de todas las malicias, asechanzas y mortificaciones que Dios dejó en mis manos para tentar la paciencia, herir el cuerpo y conturbar el espíritu y promover la perdición del hombre? -Pues muchos- -replicó el primogénito de I uzbel- -van pensando que esas amarguras y dolores no son males verdaderos, sino previsiones de una alta sabiduría y contrastes del arte supremo de un sabio artista, la Naturaleza, que así combina y entremezcla para el efecto teatral las situaciones agrias con las plácidas, y que nosotros, los males, somos solamente unos pobres diablos, monigotes inocentes que servimos á Dios para el jugo de la vida. -Yo- -dijo la deshonestidad- -sirvo para acrecentar el precio de la virtud y hacerla más meritoria en el mundo. -Pues recógete un poco, para que se aburra la huiíianidad á J 3 ura virtud. -Yo- -dijo la enfermedad hago estimar los beneficios de la salud, y- los hombres se cuidan más cuando sienten cercanas las legiones de mis diablillos infecciosos. -Yo- -dijo la ambición- -estoy matando el pecado de la pereza, hago trabajar al pobre; hasta estoy propagando la virtud de la modestia; porque donde todos quieren ser mucho sin merecerlo, hay ambiciosos de no ser nada, por distinguirse. Es la vanidad de la modestia. -Nosotros- -dijeron á una voz el frío y el calor- -tenemos celos mutuos y nos llevamos mal en la tierra.