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á la tranquilidad de su casa. Frente á él, y también sentado, I eflot daba sus explicaciones con desenvoltura. -Figúrese usted, señorita, que la pequeña irregularidad de esta noche es debida á una tradición administrativa á la que nadie puede sustraerse. Por lo demás, no liemos hecho ningún exceso... Decía esto á tontas y á locas, porque realmente no había necesidad de emplear con una niña como aquélla la elocuencia que hubiese sido menester para la mujer de su compañero. Sin embargo, I eflot sentía una cierta emoción; la fiesta por ella preparada, la alegría con que le habían esperado, reemplazada por la espera solitaria, desesperante. Y al mismo tiempo que haíjlaba con la gravedad adquirida por su larga práctica en dar bromas reconstituía detalles conocidos, evidentes: el regalo comprado con economías personales realizadas céntimo á céntimo, el regalo que se va á ver muchas semanas antes en el esca; iarate de la tienda... y examinaba al ama de la casa, todavía en la edad de las muñecas y de los juguetes, pero qtie con raro talento prefería las pipas á los trapos. Pequeñita, con un diminuto moño rubio, una cara delgadita, modestamente vestida, sonreía sin rencor, jdando á entender estar absolutamente convencida de las, exigencias de la tradición administrativa y de que no se liabían cometido excesos. 1 If nJ í i í t -Seguramente, caballero, bien está respetar las costumbres y, como dice usted muy bien, nada tiene de extraordinario. Leflot estaba satisfecho de su facundia persuasiva; pero al mismo tiempo que escuchaba y aprobaba, el ama de la casa se cuidaba discretamente de su padre, le arreglaba ¡a ropa, la corbata, le daba café frío, le ponía un pañuelo limpio en la mano, quitaba el cartón que llevaba prendido y la bandolera del ramo. Ninguna prueba seJle escapaba del exceso que ella misma negaba con indulgencia. Y un sentimiento análogo á la timidez se apoderó de Leflot. Oía un pensamiento simple, fácil, que se ponía de acuerdo con el suyo: Seguramente, caballero, tiene usted razón. Pero existía otro pensamiento sin expresar, quejuzg aba las cosas de modo muy distinto. Era el pensamiento perspicaz del ama de la casa, de la mujer que en la familia asegura el bienestar, la regularidad; el pensamiento que dirige, cuida y vigila, y al cual aun los más fuertes tienen que obedecer. Aquellos gestos discretos, aquellos cuidados, indicaban esa protección severa y afectuosa de la que no podemos librarnos. El ama de casa bajó la escalera para alumbrar á Leflot: seria, tranquila, pensaba en todo. -Ponga usted cuidado; lleva usted e forro del bolsillo fuera y va usted á perder el dinero. Tenga cuidado, aún falta un escalón. En la esquina encontrará aún el último tranvía, pues todavía no es la hora. Cuando la puerta se cerró, el gran Leflot, jefe de negociado, doctor en Derecho y primer premio de boxeo, se paró un momento, fijo en la acera, mirando la fachada con una sonrisa mitad cariñosa mitad triste: comprendía que él era el verdadero niño chico LEÓN r TRu. inF; n n MRNI FZ ríRtT r: A FRAPIÉ