Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Niño aplicado, mozo formal, hombre laborioso, fué en todas las épocas y todo el curso de la existencia uno de esos seres previsores y prudentes que se imponen un seguro de vida sobre su misma vida. Propúsose hacer un capital y una posición, y subordinó á ese fin sus actos. Ahora tengo fuerzas; pues ahora hay que emplearlas- -se dijo. -I o que no se haya hecho á los cuarenta años, no se hace nunca. Y trabajó durante el verano de la vida. Se desnudó de muchos placeres costosos, sobre todo del placer del ocio, que es el vicio más caro de los vicios, ahorrando así para abrigarse cuando llegara el invierno. No se casó hasta qiie no tuvo asegurado el sostenimiento de su hogar y familia. Es, ciertamente, acción generosa la del corazón enamorado que convida á u n a mujer á compartir el hogar con el amor. Pero es crueldad egoísta, á lo menos locura de mozos, la de convidar á la mujer amante á la miseria y las privaciones. Antonio trabajó sin sentir el trabajo, porque caaiido h a y fuerza la carga no es carga, es ejercicio que entona y fortalece la juventud. La máquina tenía entonces aceite, y en vez de crujir y rescjuebrajarse, se movía suavemente y sin esfuerzo. Y pasados los cincuenta años empezó á aligerar la carga, y á los sesenta la soltó entera, resuelto ya el problema de vivir. Y descansó cuando la fatiga le pedía descanso, y holgazaneó cuanto quiso y gozó cuanto pudo. ¿Pero pudo gozar mucho? Tal es la segunda parte del problema. El cual plantearon Antonio Sierra y Pepe Montes cuando se encontraron en el desierto de la vejez. Antonio había envejecido antes, porque fué viejo desde la juventud. Pepe había tardado más en envejecer, porque fué joven hasta la vejez. Al presente, los dos estaban igualmente viejos y consumidos. El trabajo había cambiado de hora, en una y otra vida, pero al fin de la jornada les salía á las caras. -Me apena verte trabajar como trabajas, pobre amigo mío- -decía Antonio á Pepe; -fuiste imprevisor; no considerabas que la vida tiene su segunda parte, y nunca segundas partes fueron buenas. Cuántas veces te lo advertí: á mocedad viciosa, vejez trabajosa. -Y á mí me apena también verte descansar como descansas, y no porque descauses, sino porque considero los muchos placeres de que te privaste, mientras yo gozaba de ellos en la juventud. -Yo gozo de ellos ahora. ¡Ahora! ¿De cuáles? Del línico que está á t u alcance: del ocio. Yo lo apuré antes que tú. ¿De los demás? Los demás te están vedados. ¿Para qué te sirve tu dinero, apilado con tantos afanes? -Jf V- fe. f ffli. 1 ÍPMSr ¿K ¿Y el placer délas mujeres? ¿Y el placer del estómago? ¿Puedes ya con ellos? Has estado añejandi en la cuba el vino sin probarlo. Se ha hecho exquisito; pero lo has guardado para cuando no tienes paladar. Yo me bebí el vino nuevo; era peor, pero bebido está. Trabajar la vida para disfrutarla en la vejez, es no disfrutarla nunca; es añejar el vino para los herederos. Y Antonio y Pepe callaron mirándose sus arrugas y alifafes, igualmente tristes. Ahora averigüese si conviene trabajar en la juventud, única hora propicia á los deleites, ó dejar el trabajo para la vejez, hora en que no habiendo ya aptitudes para gozar, puede hacerse del trabajo u a placer supletorio. EUGENIO DIBUlOS DE 1 ÉNDEZ BRINCA SELLES