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LA CIGARRA Y LA HORMIGA SA fábula se escribió para Pepe Montes y Antonio Sierra. Aquel muchacto, sin juicio y sin freno, pasaba la mocedad, verano de la vida, cantando sus placeres como la cigarra, sin hacer provisiones para la vejez, invierno de la existencia. Amaba y se divertía mucho. Trabajaba poco, lo estrictamente preciso para alimentar sus necesidades, amores, diversiones y vicios. ¡Trabajar para ahora y para luego! ¡Ahorrar algo! ¡Crearse un capital! ¿Para qué? ¿Quién sabe si viviré? Y si viviere, hay tiempo por delante para hacer lo que no hago. 1,0 comido, por lo servido: el pan de cada dia; Dios no manda otra cosa más. Y Pepe Montes cumplía al pie de la letra con el precepto divino y con la inclinación de su holgazana naturaleza. Y así llegó á los treinta años. Y se enamoró, y se casó con una mujercita modesta que no pedía nada como no fuese el amor de su marido y la felicidad de verlo siempre junto á ella contento, descansado y libre de los afanes y quehaceres que atareaban á los otros maridos de otras esposas exigentes y pedigüeñas. Tuvieron un hijo, dos, tres hijos, abundante fruto de bendición. Pero los chicuelos no gastan mucho; gastan solamente la vida de sus madres. Ellas los crían á sus pechos, les hacen los vestiditos por sus manos, y luego, las bocas pequeñas comen poco. Y así llegó Pepe Montes á los cincuenta años sin grandes trabajos. Entonces sobrevinieron todos á á la vez. Los niños eran hombres; las niñas inujerés. Unos necesitaban carrera, y las carreras necesitaban pensiones, matrículas, libros, academias. Otras, las menores, necesitaban educación, colegios. Las mayores tenían que presentarse en la sociedad, tratarse con las amigas, ver algo, teatros, paseos. Y ya no alcanzaban para vestir sus cuerpos de buenas mozas los dos metros de tela barata que servían para sus cuerpecillos de muñecas. Pepe tuvo que rehacer su vida y cobrar en pocos años el tiempo perdido en toda ella. ¡Y qué duro rescate exige el tiempo perdido! ¡Qué trabajosa la vejez de la ociosidad! El espíritu y los músculos, hechos al descanso enervante, sufren encima de esa enervación de la. mala costumbre la enervación natural de la edad. Y cuando las fuerzas decaen y se duermen; cuando los ojos se enturbian, las. manos tiemblan y los pies se arrastran, hay que dar prisa á los pies, seguridad á las manos, vista á los ojos cansados, vigilia al cerebro, haciendo tortura de lo que es uso de los sentidos y potencias. ¡Qué trabajo cuesta entonces trabajar! ¡Y cuan poco aprovechan esos que son trabajos forzados! ¡Cómo se apresura el término de la vida invirtiendo sus funciones! No de otra manera perece y salta y se rompe la máquina del reloj dándole cuerda al revés. Antonio Sierra dio cuerda á su reloj como se debe dar, y arregló su vida como debe arreglarse, andando cuando se puede andar sin fatiga, y parándose cuando se ha andado el camino.