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-j i e áM) EL CIEGO DE LA OCARINA EKTRE el bullicio de las calles del centro, íorriado por el contin io rodar de los coclies, por el breve bramido de los automóviles, por el incesante tintineo de los tranvías, pasan á veces unas notas suaves que suenan con modulaciones ingenuas y campesinas, evocando entre los múltiples aspectos del cosmorania cortesano la visión lejana y fugaz de frescos campos, de amables oquedades tapizadas de musgos, donde pastores y zag alas discretean, de raso vestidos, al compás de un sencillo y aflautado canto. El espíritu se recrea ante aquel cuadro idílico evocado por la música, mas el ejecutante pasa, y su aspecto prosaico deshace toda la imaginada belleza. Y la destruye, porCjue el miisico no es rriugún lindo zagal, y porque de su rostro liuyeron hace mucho las rosas juveniles, y porque en vez de ellas ostenta unas barbas hirsutas, canosas y tan sucias y abandonadas, que el más viejo rabadán consideraría como una deshonra la posesión de otras semejantes. Verdad cjue el músico es ciego, y claro, como para él no existen espejos, mal puede apreciar cuanto disgusta á las escudriñadoras pupilas sanas, y por eso el hombre se desliza tranquilo entre el tumulto, modestos y bajos los turbios ojos, apoj airdo en los labios el odre de barro de la ocarina, de donde nacen sin reposo notas lentas, húmedas, poéticas. El ocarinista las escucha brotar con la gravedad de un sacerdote que entona un himno á su Dios. Tecleando sobre los redondos agujeros de la ocarina, los dedos del músico se alzan y vuelven á bajar incansables, amorcillados, enrojecidos. Unos mitones los abrigan. Son unos mitones gris obscuro, de urdimbre recia y apretada. Su estambre plomizo parece ceñir con afecto las nudosas falairjes, y quien los ve piensa que aquellos mitones no fueron tejidos por una indiferente máquina, sino que alguien trabó sus mallas, un alguien previsor, amante, oculto en algún sitio del cf 4: erío por entre el cual vaga el ciego, en alguna calleja ignorada adonde el irrúsico vuelve, concluida su diaria deambulación. El ocarinista teme mucho al frío, como lo prueban, á más de los nritones, la bufanda peluda é inacabable que se enrroUa dos ó tres veces á su cuello, para de; jar después pender sobre el pecho sus desflecadas puntas, el traje espeso, obscuro, que le enfunda el cuerpo, la enorme suela de los zapatones, inexpugnables á la humedad. Con este atavío, completado con un hongo grasicnto, el ciego pasea por Madrid soplando en la concavidad rojiza de la ocarina. De ella nacen siempre despaciosos los sonidos, pues aunque el músico sabe muchas y distintas tocatas, jamás acata su ritmo, y lentanrente, á compás de su lento andar, extrae del vientre arcilloso de la ocarina notas de La Traviata, de Fausto, de El Trovador, de valses anticuados y sencillos, y las desgrana con la languidez agonizante de una caja de música exhausta de cuerda. Xo pide linrosna. ííuirca interrumpe la perezosa arnronía con las quejas de otros ciegos, ni jamás aparta del rústico instrumento una mano solicitante. Pasa sereno, indiferente al bullicio cortesano, al que añade sus notas melosas y sentimentales, mientras canriira hacia el lugar incógnito donde las manos que tejieron los mitones esperan que el canto de la ocarina, se aproxime, para alzar rápidas el 15 Ícaporte de una puerta hospitalaria. Es un músico músterioso. Aparece y desaparece como por encanto. De pronto, cuando menos se piensa, en el. baruUo de la calle de Sevilla, entre el gentío de la Carrera, bajo los pinos melancólicos de la cuesta de Alcalá, en las radiantes horas de sol, en los largos crepúsculos grises, resuena una suave y pausada música, y entonces los ojos, guiados por el oído, descubren entre la inirchedumbre, rozando las casas, las tiendas brillantes, una. figura digna, de canosas barbas y reposado continente, que el cerebro de todo buen madrileño bautiza en el acto: -sEl ciego de la ocarina JM. UIUCIO E O P E Z R O B E R T S DlliUJO DE íi; Ein S