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cnizaban entre el personaje y su mujer, que regularmetite serían observaciones sobre la madurez df ii- s alcachofas o sobre el tiempo en que no daña el marisco. Volvió á los tres días y se entretuvo más, sacando conversaciones insulsas que nadie seguía; y luego menudeó las visitas, hasta que, cotidiajiamente, á la hora en que el personaje, deseoso de tranquilidad, de gozar el fresco, se sentaba en la terraza á mirar la ría azul y los montecillos rosados por el poniente, aoarecía la lacia figura de don Olimpio, enfundada en su sotana color de ala de mosca, dando una nota ridicula en medio de tanta belleza. Y apenas se trababa entre I Juan y su familia algún diálogo confidencial, terciaba en él don nnpio, lanzando aforismos de esta fuerza: -Tienen ustedes mucMsima razón... E n verano hace más calor que en invierno. Todavía D. Juan, su señora y sus sobrinas se hubiesen resignado á la presencia de I) Olimpio, si este imitase á esos falderillos que se enroscan en una esquina, v dejáudoles dormir en paz, se rebullen; pero D. piimpio, que ignora el uso de los cepillos de dientes, opiatas, elixires v otros refinamientos, no vive si no se acerca mucho á aquellos con quienes conversa; y la familia de D. J u a n empezó á protestar, á chillar que era indispensable zafarse de una vez de semejante pelma. -Echarle indirectas para que no venga tanto- -indicó tímidamente la menor de las sobrinas. vSe le echaron las indirectas, y fué igual que pasar suavemente las barbas de una pluma sobre la caparazón de un galápago. D. Olimpio no faltó un día á la terraza. -T) ecidle que por las tardes salimos- -discurrió la sobrina mayor. vSe le dijo, efectivamente, y desde entonces vino por las mañanas, sin perjuicio de alguna noche, en que se presentaba trayendo regalos, cestos de huevos, un par de noUos. un lomo fresco de cerdo una empanada de robaliza. -Esto ya no se puede aguantar, Juanito- -dijo al personaje su señora. -Revístete de eners ía y cántale claro á este buen señor, que sus visitas, tan simpáticas, ganarán mucho con el toque de la rareza. J A i r -IMujer... -murmuró D. Juan, -me da fatiga. ¿Como se dice eso? Harto me tiene; pero una descortesía tan clara... ¿Y no sabes lo mejor? -añadió la señoi- a. -Quiere este curato en propiedad. D. Juan dio un salto en la poltrona de mimbres. ¡Este curato! ¡Nunca! ¡Entonces, aquí le tendríamos toda la vida! ¡Primero se lo dov á un presidiario! Como las mujeres cazan siempre más largo que los hombres, la señora, después de reflexionar, exclamó: -Una idea, una idea... ¿Sabes lo que podemos hacer, Juanito? ¿Sabes lo que podemos hacer? ¿Soltarle el mastín que llegó ayer de Extremadura? -Darle una canonjía... una buena canonjía... allá muy lejos. ¿Entiendes? ¡Al otro extremo de España! -Pero, criatura, si están esperando eso, desde hace siglos, Julio Pesquera, un sacerdote tan estudioso; D. Reinaldo Guemes, un hombre virtuosísimo; y don, y don. (lista de candidatos meritorio. s) ¿Qué nos importa? Esos no han de venir á aburrirnos... Mira que yo no puedo más. Si esto continúa, el año próximo á veranear en Biarritz. Y D. Juan, que está encantado de su quinta, ante la amenaza, agachó la cabeza... Ya sabe usted cómo es canónigo en Antiquis D. Olimpio. -Dios nos dé- -agregó D. Gervasio- -una buena imbecilidad de regadío, abonada y lindando con, tierras de poderosos. EMIWA PARDO BAZÁN D I B U J O S DE B R t x G A