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LOS P E Q U E Ñ O S PLACERES AY una porci (5ii de pequeños placeres sin los cuales nuestra vida resultaría insoportable: tales son comprar una cosa, hacer hogueras en el campo, contar el dinero cuando tenemos mucho y no lo necesitamos, saludar á una antigua amada que nos ha atormentado con sus desdenes y por quien ya no sentimos amor... Pero hoy quiero hablar de la más intensa, expansiva y gloriosa de estas menudas satisfacciones. Esta satisfacción- -no podríais adivinarlo- -es w r regnr. Todas las cosas tienen sus tiempos, y aun sus horas, y aun sus minutos. Para ver regar es necesario también escoger el instante apropiado. Es en el verano; la tarde ha ido avanzando; las hojas, encogidas, mustias durante todo el día por el bochorno, se distienden y esponjan; los árboles hacen unas sombras largas; sobre el cristal del ancho estanque van, vienen, giran, tornan, los nienudos girínidos. Y las libéluias pasan rápidas por el aire con un nervioso tembleteo de sus alas sutiles. En este instante es cuando va á ser destapada la balsa. Los tablares de hortalizas están resecos; anchas grietas rajan la arcilla de los bancales; en las acequias una menuda y roja arena refulge al sol; hay en la tierra un ansia, un apetito profundo de que. el agua llegue hasta ella, se extienda sobre ella, se filtre poco á poco por ella con voluptuosidad y pereza. Y parece que nosotros, que amamos estos terruños, que venimos todas las tardes á visitarlos, que los conocemos desde hace tanto tiempo, que tantos sudores hemos vertido sobre ellos, participamos de esta ansia muda, intensa, angustiosa. Mas va el estanque acaba de ser abierto: un surtidor impetuoso, espumeante, jovial, sale por la compue rta. Junto á la balsa, espejeándose en sus aguas, se yerguen los anchos frutales; la corriente lame durante un momento sus recios troncos y se aleja por el azarbe abajo. Y marcha lentamente, reconoce las sinuosidades de la acequia, tuerce á la derecha, tuerce á la izquierda, se cuela en lo. s hondos recodos cubiertos por la hierba, se explaya- como no queriendo caminar más- -en los anchos remansos. Y de pronto llega á un ligero despeñadero y, asustada, espantada, se lanza con un sordo estrépito hacia el profundo... Y ya la corriente arriba á los bancales; entonces, á lo largo de la reguera de esponjoso suelo, parece que su marcha se hace más lenta; diríase era coquetería- -la última- -que tiene el agua antes de llegar á su amada la tierra. Y cuando al fin penetra en el bancal, se va extendiendo por él en una extensa sábana; de las grietas surten diminutas, sonoras burbujas- -que son como un coloquio íntimo; -los grillos, las arañas nadan desesperados ó corren saltando ante la inundación; las ramas terreras de las plantas besan al fin, con beso largo, las buenas aguas. Ya ha ido llegando la noche; un re. splandor suave, de nácar, brilla todavía en el Oriente. Y cuando nos alejamos hacia la ciudad, volvemos un momento la cabeza y vemos, distantes, entre las sombra. del crepúsculo, los anchos, suaves y misteriosos espejos de los bancales llenos de agua. AZORIN DinUJO DE líEGIUOR