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E L VEF? ANEO A VISTA DE PÁJARO CUADRO QUINTO. LAS CORRIDAS VERANIEGAS njLEN ser el mayor incentivo, según se dice en unas playas cantábricas, ó el mejor aliciente, como es costvímbre decir en otras. ¡Caballeros y señoras pertenecientes á la honrada y sufrida clase taurófila, qué cosas se ven por allí en esas corridas veraniegas! Dicen que el verano- -al menos, así lo afirma nuestro consecuente amigo Pero Grullo- -es la estación de los veraneantes. ¡lirror profundísimo: El verano es la estación de los matadores de toros, de los banderilleros, y no digo de los picadores porque los tumbos y porrazos suelen ser tan trascendentales y serios en el Norte como en el Centro y en el Mediodía. No C uisiera yo ofender los sentinaieutos tauromáquicos de los antiguos cántabros, astures, vascos y galaicos, pero es lo cierto que en las corridas veraniegas sé observa, por parte del público, una benevolencia que no vacilaré en calificar de corrosiva. ¡Cuántas estocadas que en Madrid hubieran pasado por golletazos deshonribles, en oti as capitales más frescas parecen cosa rica y son aplaudidas hasta por el propio interesado, que en estos asuntos debí ser el toro! Luego, el público de verano se entretiene con cualquier cosa. Aún recuerdo una corridíi de Bilbao ó de San Sebastián, en que el inolvidable maestro Lagartijo estaba toreando de muleta como él solo (ustedes me entienden, ¿eh? y de repente, un moscorra que estaba en el tendido de sol con un chifle, comienza á tocar el Gmrnicaco ó el ITcnumiri, ó no sé qué... El apreciable público comenzó á distraerse; á los quince segundos, el tío del pito era dueño de la Plaza. Lagartijo lo notó, atizó media á paso de banderillas... j al estribo. Así son las corridas de verano, X. Y. Z.