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FÉLIX. -Sí, señor; y usted mismo se moriría de risa si encontrase á un ciego con una pistola en la mano derecha y un cartelito en la izquierda en el cual se leyese: Me mato por estar cansado de la luz. Hombre, se puede mentir, pero no de ese modo. ¿Usted cansado de la vida? Sí, sí; señor D. Prisco, usted no puede estar cansado de la vida, porque usted no ha vivido. PRISCO. ¡Caracoles! FÉLIX. -Y allí va la demostración. Xo conozco su historia; me la figriro. Su biografía de usted podría escribirse sin datos, como la de casi todos los españoles. Usted nació de padres pobres, pero honrados. Cuando chico estudió poco y mal, y cuando grande olvidó lo poco que antes había aprendido. En su casa tuvo tantas bofetadas como tortas. Creció usted enclenque, pero avispadillo, y como no servía usted para cosa mayor, le consiguieron un destinejo en la Administración pública. Se enamoró usted á la edad en que se enamoran todos; se casó usted como se casan la mayoría de los hombres; tuvo usted hijos, por su desdicha y la de ellos; y como el sueldo era escaso, la mujer voluntariosa y los hijos rompilones, pasó usted unos años de angustia, de ahogo y de desesperación, que no son para dichos. ¡Y eso fué lo mejor de su vida! Luego le dejaron á usted cesante, y ardió Troj a. Su mujer le insxiltaba á usted á diario, y hasta es posible... pero hagamos punto. Los hijos ni siquiera le respetaban. La miseria se le metió por todos los agujeros de su casa, y usted, desesperado, sin esperanza de salvación ni valor para seguir resistiendo, vino á estos tejares pistola en mano, como quien dice, y escribió en un papel: Me mato porque e. stoj cansado de la vida. Tiene gracia la cosa. Me mato porque estoy cansado de comer en Lhardy y esto escrito álos cuarenta y pico de años de ayunar á diario. No, señor, no; usted pensaba matarse, no por cansancio de la vida, sino por amor fu; rioso á la vida; de modo que -ya ve usted cuánta razón- tuve antes para asegurarle A que al soltarse un tiro en la sien iba usted á hacer todo lo contrario de lo c ue sé pro K t ponía. PRISCO. -Podrá usted te- ner razón, pero no veo muy claro... FÉLIX. -U, stedes los suicidas, amigo D. Prisco, son unos amantes rabiosos d é l a vida; sólo que son ustedes amantes fracasados. ¡Cuántas y cuántas veces se habrá usted dicho que la vida es hermosa, á condición de tener todo lo que á usted le faltaba: tranquilidad, bienestar, mujer hacendosa, hijos cariñosos, y... un destino inamovible! Y pensando esto, usted amaba á la vida con todas sus potencias y sentidos; tanto la amaba usted, que desesperado de lograrla, decidió matarse. Está bien, pero no debía usted haber mentido declarándose cansado de la vida, no, señor, sino hambriento de la vida. ¿Comprende usted que el enamorado de una mujer se mate por ésta? Admitámoslo; pero ¿cuándo se matará? ¿Cuando la mujer corresponda ardientemente á su cariño? Claro que no, sino cuando la mujer adorada le desdeñe y desengañe. ¿Pues no sería una verdadera insensatez que ese hombre escribiese: Me mato porque estoy cansado del cariño de Fulana? Así con la vida. No hay nadie que se mate sino por amarla mucho, por desearla con verdadera furia, por soñar locamente con la posesión de sus supuestas deli- cias. Los que no la amamos, los que no creemos: en sus satisfacciones y placeres, los incrédulos d e sus encantos, no sentimos jamás el deseo de matarnos. La estadística del suicidio no se nutre de seres desengañados de la vida, sino de amantes brutales de la existencia. E. sto le parecerá á usted un absurdo, pero es una verdad muy grande, por lo menos aquí, en este mundo; no diré que también lo sea en todos los demás, pues juzgo muy posible que las verdades de la tierra sean mentiras en Marte. ¿De modo que le he convencido á usted? PRISCO. ¿De qué? FÉLIX. -De que no vale la pena de matarse, p o r lo mismo que no vale la pena de vivir. De que el hombre no debe soñar con delicias que no existen, para concluirpegándose un tiro por culpa de esos sueños. De que, en fin, ocurra lo que quiera, nada debe alterar ni torcer nuestra absoluta y perfecta ecuanimidad. PRISCO. -Sí, señor; aunque no, entiendo lo cjuequiere decir la última palabra, me ha convencido usted de todo. FÉLIX. ¿Y ya no pensará en suicidarse? PRISCO. -Naturalmente. FÉLIX. -Bendigo el azar que á estos tejares me condujo. He salvado una vida (poca cosa en verdad) y he hecho un prosélito. PRISCO. ¿De modo que usted no sueña nunca? P ÉLix. -Nunca. PRISCO. ¿L sted no desea nada? FÉLi. x. -Nada. PRISCO. ¿Para usted la vida no tiene ni sufrimientos, ni JDlaceres, ni desesperaciones, ni esperanzas? FÉLIX. -iSo, ieiior; no, señor. PRISCO. -Tenga pistola, y ¡adiós! (Félix recibe la pistola y se queda mirándola sin saber? qué hacer con ella. D. Prisco desaparece dando g r a n d e s zancadas. Félix, después de un instante de duda, se dirige, con la pistola en la mano, hacia la tapia del cementerio. Se apoya en ésta y apoya la boca del arma en su sien; La expresión de su cara refleja el conocido y sobada monólogo de Hamlet. Se sonríe por fin, v alzando el brazo arroja la pistola al cementerio p o r encima d é l a tapia, gritando: ¡Ahí va eso! N a d i e le responde. Félix se aleja. De pronto se detiene estremeciéndose. Dentro del cementerio ha sonado un tiro. JOSÉ DE R O U R E DIBUJOS DE HUERTAS