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Éwx. ¡Eh, no sea usted bárbaro PRISCO. -Señor mío... FÉLIX. -Ha elegido usted muy mal el f largarse de este mundo. Sé que usted se pero yo, oculto por esta pila de ladrillos, le vi llegar, escribir alguna tontería en un papel y después meter éste en un sobre. Luego sacó usted una pistola, esa que tiene usted en la mano, la examinó con cierta repugnancia, por no decir miedo, y, lanzando un suspiro, acercó usted su cañón á la sien derecha. Entonces aparecí yo y le llamé bárbaro. PRISCO. -Y por cierto que la palabreja... EaLix. -Jamás estuvo mejor empleada. Bárbaro, señor exsuicida, quiere decir extranjero, y usted se consideraba ya extranjero para el mundo. Pero vamos á cuentas y no oculte u, sted la pistola como si yo tratara de quitársela. Nada más lejos de mi ánimo. No le permitiré matarse, eso no, pero pretendo conservarle á usted en el mundo de los vivos por medio de la persuasión, no arrebatándole violentamente el arma. ¡Mañana se la comerá usted! PRISCO. -Señor mío, usted abusa de mi desdichada situación; ¡yo no cómo pistolas! P ÉLix. -Hace usted mal; hay un pan riquísimo que se llama asi. Y, dígame usted, ¿cómo se llama? PRISCO. ¿Y á usted qué le importa? FÉLIX. ¡Yaya una manera cortés de responderme! Parece que está usted en la oficina, he pregunto á usted cómo se llama, para llamarle por su nombre, no para otra cosa. Tenemos un nombre, como las jarras tienen una asa para cog- erlas cómodamente. Mi asa es Félix Pérez, y por ella me agarran en el mundo los que conversan conmigo, ó sea los que me piden dinero. ¿Cuál es su asa de usted? y conste que no pienso pedirle nada; ni siquiera la pistola. PRISCO. -Prisco Martínez. FÉLIX. ¡Prisco! ¡Bonito nombre! Y que forma u n contraste precioso con el apellido Martínez. Priscos hay pocos; Martínez, muchos. Los hijos de usted, si usted tiene hijos, se apellidarán, en cuanto les caiga la lotería ó aspiren á ser diputados á Cortes, Martínez- Prisco. Pues bien, D. Prisco, deseo persuadir á usted de que, al mataíse. iba usted á hacer cabalmente todo lo contrario de lo que se proponía; y una vez convencido de esto, me figuro que ya no utilizará la pLstola y podrá usted poner en sus tarjetas; Prisco Martínez, exsuicida. PRISCO. -No creo, caballero, que mi triste situación le autorice para molestarme con esas bromas, y le suplico que... FÉLIX. -Interrumpo para advertirle que yo no bromeo jamás; que yo hablo siempre en serio, 3 no tengo la culpa de que los demás equivoquen la seriedad con la chacota y me juzguen á mí broniista y hombre serio al presidente del Consejo de ministros. Créame usted, D. Prisco, en estos tejares que tienen por límite la tapia de un cementerio, el único bromista de verdad es el tejero, que hace muy satisfecho con barro ladrillos y tejas, sin percatarse de que con lo mismo hizo Dios á los hombres que están al otro lado de la tapia, y le duraron mu 3- poco. Hablo, pues, seriamente, y seriamente le digo que apuesto ese montón de tejas contra un fémur de más allá, á que en el papelito de marras, el que metió en un sobre, escribió usted una mentira muy grande. PRISCO. ¡Yo no he mentido nunca, señor mío! FÉLIX. -A ver el papel. Vamos, no ponga usted ese gesto. A ver el papel. PRISCO. -Ahí lo tiene usted. FÉLIX. -Leamos: A nadie se le culpe de mi muerte... Mentira; había que culparles á muchos. Pero, bueno; pasemos por alto esa mentirijilla formulesca. Aquí está la mentira gorda: Me mato porque estoj- cansado de la vida. ¡Qué modo de mentir más estrepitoso! ¿Usted qué ha de estar cansado de la vida, Sr. D. Prisco Martínez? -PRISCO. ¡Cómo! ¿Pretenderá usted convencerme de que yo no estoy harto de vivir?