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i. f i é; 4 A j- V MISTERIO Y DOLOR las dos y inedia de la madrugada muy corridas entró Amparo en su casa. Respiraba con dificultad, como si estuviese en ries. íjo de ahogarse, angaistiosamente. De improviso rompió á llorar, y el agua derramada fué un alivio. Ya un poco menos inquieta, se recogió á meditar. ¿Qué me ha sucedido esta noche? Yo estaba en la galería zaguera de la casa, asomada á una ventana que da sobre el jardín, descansando en una de las tieguas del baile. Me sentía feliz. Del jardín en silencio subía hasta mí una onda de aire saturada de flores, y tras la densa obscuridad, mis ojos atentos percibían las copas de los árboles y el brillo satinado, bruñido del agua del estanque. De pronto hirió mis ojos una luz, algo que me pareció un carboncillo ardiendo suspendido en la atmósfera. ¿De dónde procedía? Conozco el jardín; me orienté fácilmente con la mirada, y no tardé en descubrir que aquella luz, que partía de los arriates, no estaba colgada en el aire, sino que era la prolongación de un brazo, que el brazo era de hombre, y que aquel hombre no había ido allí con el compromiso de vigilar, ni por amor al aislamiento. Alguien, una sombra sin contornos precisos, se movía á su lado. Familiarizados con la obscuridad, mis ojos ahondaban con tensa fijeza entre la espesura del jardín. ¿Quiénes podrían ser los que departían confidencialmente en aquel rincón? ¿Una mujer y un hombre? Y ¿por qué aquel recato? ¿por qué esconderse de los demás invitados á la fiesta? De pronto se levantó un viento huracanado que barrió la costra de nubes que velaba el limpio creciente de la luna. El despejo del cielo me permitió ver un poco mejor lo que pasaba en los llanos de la tierra. En efecto, una falda que debía ser de tul ó de una tela muy frágil, flotó sacudida en el aire. ¿Quiénes podrían ser? Un obscuro presentimiento se insinuó en mi alma, y temí que aquellos dos seres no fuesen extraños á mi persona y á mi deslino. ¿No habéis sentido alguna vez en vuestro espíritu la resonancia de palabras que se pronunciaron lejos de vosotros? ¿No habéis adivinado al e n t r a r e n un salón, ó en un círculo, que allí había algo francamente hostil y peligroso para vosotros, que alguien os odiaba ó meditaba haceros daño? Sin explicarme por qué, recelé que allá abajo, en el jardín, se ocupaban de mí. ¿Cómo saberlo? ¿cómo salir de aquella penosa duda? Buscando recursos para ello, recordé que el tocador dispuesto para las señoras que asistían al baile, estaba en la planta baja, y por sustraerme á la atención- -quizás á las sospechas maliciosas de la servidumbre- -me deslicé por la escalera interior, que conozco por habei bajado varias veces al cuarto de música, y recordé también que el tocador tiene una ventana que da sobre el jardín. En pocos minutos estuve al acecho. Al cabo iba á disiparse mi inquietud, iba á enterarme, quizás á sufrir un gran dolor. Me asomé con cautela, sacando fuera de la ventanei casi la mitad del cuerpo, con riesgo de caerme, ávida de oír, confusa, anhelante. Tenía la cabeza congestionada, opreso el aliento, velados los ojos por una bruma de lágrimas. Escuché. Al principio sólo llegó á mí el rumor del agua goteando sobre la concha de mátmoí en la fuente central del jardín, luego el chasquear de las hojas de los árboles sacudidos por el viento. La pareja seguía allí, cerca del arriate, en postura confidencial, sobre un banco de piedra. ¿Quiénes eran? Toda la energía de mi ser se acumuló en mis oídos. Al fin, después de media hora de espiar, llegó á mí susurro de palabras. -El matrimonio- -decía él- -resuelve un problema. Es la vida asegurada... Aquella voz entró en mí como un hilo de agua helada en la carne lastimada de un herido. Seguí prestando atención. Ella hablaba. Por más que hice, por más de que lo procuré, imposible enterarme. Ni el tono de su voz me alcanzó... El tornó á exclamar. No es mujet bonita, ni inteligente, pero es rica. Se perece por los títulos, y el mío procede de un Eópez de Ayala. Soj -señor del valle de Elodio, de la torre de Orozco, alcalde mayor y merino de Vitoria, canciller de Castilla; es decir- -añadió rompiendo en una sonora risotada, -debiera ser todo eso con sujeción al fuero de mis antepasados. Actualmente soy un señorito comido de deudas, sediento de gozar y sin una peseta... Tampoco he oído lo que ella le replicaba. Sólo han llegado á mí dos palabras envtieltas en voz de mujer: ¡Pobre cursi! He comprendido que se mofaban de mi persona he descubierto que entre esa mujer y ese hombre hay algo destinado á labrar mi desventura, pero que yo desbarataré, malograré, aniquilaré con mis fuerzas y mi dignidad Amparo se ha levantado del butacón y se ha metido sollozando en su cuarto. Ha requerido los bártulos de escribir y ha dado á entender concretamente, rotundamente, á un hombre, que ella conoce que la felicidad conyugal es incompatible con ciertos vagabundajes nocturnos en el jardín de la duquesa. Dinu o HE MiÍNUEz I: RÍ. NCÍ MAXUKIV JiUElNO