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en una ruina de ruinas, la más fantástica, la más venerable, la más atormentadora é in, quietante que ojos humanos puedan ver: es el Monasterio que probablemente dio origen á la villa, quizás en el siglo ix ó en el x. Primeramente hubo allí benedictinos; después, premostratenses. Hoy los habitantes de la santa casa derruida son grillos, comadrejas y lagartos. La primitiva construcción es románica: de ella se conservan una suntuosa portada, escondida tras un bastión de fábrica moderna, y un claustro cuyas arquerías bajas recuerdan la arquitectura de las pesadillas. Sobre aquellos elegantísimos pares de columnas descansan capiteles cuyas historias y molduras, desgastadas por el tiempo, regalan á nuestra fantasía multitud de arbitrarias suposiciones. Espesas matas de jaramagos, hiedras silvestres, uvas de gato, cardanchas y garbanzos locos abrazan la piedra de color de cuero y tapizan el centro del claustro. Todo allí está roto, muerto, desmoronado. Sobre la vieja construcción cabalga, presuntuosa, pedantesca, una severa galería herreriana, de V arcos de medio punto, desnudos, tristes, con sus pilastras intermedias, sus entrepaños negruzcos, sus largas impostas ennegrecidas V por el tiempo. La tejavana y el vigamen dest aparecieron hace mucho, y los ventanales, A solitarios, boquiabiertos, claman al cielo in v- t r clemente jr plañen su abandono y soledad. En aquel recinto donde todo se hunde día tras día, el tiempo trabaja solo, sordo, lento. Eo que fué escalera suntuosa, es hoy una rampa abarrotada de polvo, en donde cada huella de V nuestros pies parece una profanación. Trepando por las ruinas se llega al coro. Desde SEPULCRO D E t O S M. MtOUE KS t l E A G U I L A R él se ve esa cosa tristísima, que es una iglesia desamparada y sin altares, en donde retumban las voces insultando al silencio... Huiíuos de aquella grandiosa reliquia que se deshace, y volvimos al pueblo. El río Pisuerga pasa apacible, cantando bajito, entre los chopos y los álamos. La plaza anchurosa, con sus hileras de soportales por un lado, nos habla de la antigua grandeza de la villa. Una soberbia portada italianesca, cuyo arco rebajado suman dos grifos tenantes de un escudo nobiliario, nos dice que allí estuvo el palacio de los marqueses de ViUatorre. ¿Hay algo tan sugestivo como estas portadas que se han quedado viudas del palacio, y por las cuales no se entra á ninguna í parte? Para completar nuestra sensación de fenecidas grandezas, entramos en la Colegiata, bellísimo templo donde se conserva una sombra de culto. En el presbiterio, sobre una pobre sillería moderna, sendos sepulcros de ricos mármoles y jaspes obscuros nos muestran los bultos orantes de dos señoras y dos caballeros, de traza felipesca. Los del lado del Evangelio son D. Luis Ferpández Manrique, marqués de Aguilar, conde de Castañeda, cazador ó montero mayor del rey y señor de la villa, el cual murió en 1586, y su mujer doña Ana de Aragón, hija del duque del Infantado, muerta en Palencia veinte años antes. E s indefinible la belleza de estas elegantísimas estatuas, que debió de labrar alguno de los. Leoni. Nada más gallardo que la barbada cabeza del señor. Nada más espiritual y finO que el monástico perfil de la dama. Toda la España vieja parece revivir en aquellos rostros marmóreos, serenos, impasibles. Esto visto, no nos queda nada que hacer sino guardar bien el recuerdo, un recuerdo perfumado de anciana poesía, para consolarnos en nuestros días de prosa. 11 í m m i- U: CLAUSTRO ROMÁNICO DEL MÜKASTEKIO E. NAVARRO Y LEDESMA