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-Ya usted sabrá que este patio era el enterramiento de los capitulares, y justamente allí, en el centro mismo, estaba el osario. Yo miré con curioso interés al agujero negro. -Sí, señor; allí exactamente estaba el gran osario... ¡Ahora! -gritó vivamente mi Virgilio en aquella visita dantesca; y en efecto, en aquel momento mismo, la luna resbalando de lo alto de pináculos y botareles, bañaba el claustro bajo y caía como raudal cristalino e n e l ancho boquete en que refulgió con filos y aureolas de plata una masa líquida, transparente, movediza: agua. Pero en aquel agua flotaban formas terroríficas, perfiles de pesadilla, blancos esqueletos en cuyo hueco tórax simulaba ritmo de vida y respiración el ondular manso -acompasado de la linfa movible, calaveras en cu 3 os huecos alvéolos resplandecían ojos fantásticos de agua y luz de luna, cráneos pelados que nimbaban círculos de plata temblorosa, y en torno á los cuales flotaban sueltas cabelleras de hilado vidrio; mondados rostros entre cuyos blancos dientes estallaban risas de reflejos, murmullos de onda y gorgoteos siniestros y estertorosos. A veces un tronco acéfalo emergía entre rédales de agua y luz; á veces una malla calada de huesos revueltos y enredados, como siniestra vegetación acuática, derivaba lentamente entre lamas verdosas del estancado líquido y jaramagos caídos de los tejados del claustro... -Sic transit gloria mundi! murmuraba el canónigo. -Todos estos fueron deanes, penitenciarios, leetorales, chantres, copíscoles... oradores, sabios, ascetas, santos quizás; frentes que albergaron altos pensamientos, cabezas que pudieron ceñir mitras, tiaras acaso... y ahora, montón de huesos anónimos revueltos en una charca... ¡AJiscrae! IV Aquella noche, una noche de fiebre intelectual, de delirio erectivo, mi fantasía llegó al paroxismo de la actividad, á las lindes de la demencia. Nunca el pensar y el imaginar fueron en mí cosa tan una. Me sentí verdadero artista, sentí que toda mi alma cristalizaba en formas de muerte; y al despertar surgieron bajo mi lápiz todas las visiones de mi noche dantesca, y en el éxtasis de la creación esbocé de un aliento el primer crocmis de Visión macabra, el cuadro que decidió de mi vida. Aquel osario inundado me hizo pintor. Y... sobre todo, amigo Sutis, cada uno pinta lo que lleva dentro! -acabó Fresneda con el súbito irresistible arr- anque de un dolor largamente represado cjue en un momento crítico se vuelca inevitablemente del alma; así lo decían su voz, su ex- presión, la terrosa palidez que, como velo de muerte, empañó su faz augusta, revelando algo tan hondo, tan supremo, cjue asustaba. Sutis sintió im espasmo doloroso y en su memoria relampagueó un recuerdo, una historia de amor, una traición de mujer r m r i- í- r. VT- T: r 4 í 1 a H ¡y de mujer propia! -la visión de una vida malograda, de una tragedia íntima, sin sangre y sin grito? semejante á la tragedia que asoló su propia alma. Y el noble bohemio, que sabía que h a y situacione, en que el silencio eg pudor santo, se levantó temblando de emoción, y callada, virilmente estrechó la mano del maestro que, como la siij- a, estaba helada, cadavérica. BLANC- D E IVOS R Í O S D E D I B U J O S D E ME ¡DEZ B R I N G A I AMPÉREZ