Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Oyóse sobre el espeso tapiz tunecino el apagado roce de sillas y butacas, arrastradas hacia el centro por los que ávidamente querían percibir hasta el alentar de Fresneda; lucieron algunos fósforos, comenzaron á humear varios puros de los que regala el pintor, y callamos todos, porque ya hablaba. II- -Pues 3- 0, amigos míos, empecé á pintar... ¡no sé cuándo! desde qvie me nacieron los dientes; pintaba como quien habla: era mi modo de manifestarme; pero- entonces pintaba más que hablaba, por. que siempre fui encogido, lacónico y amigo de -vix hacia dentro. Sólo que lo que entonces pintaba revelaba mi afición, pero aún no me revelaba á mí; era mecánica, imitación, balbuceo de la téc- -nica, sin vislumbre de personalidad. Ello sí, siempre fui neurósico, imaginativo, romdiztico, como me llamaban en mi casa de comerciantes, donde el arte parecía el más perjudicial de los pasatiempos. Y... claro está que aquellos romanticismos míos se desataron en mis juventudes, que coincidieron con el apogeo del teatro de Echegaray y de las apasionadas declamaciones de Calvo y sus fogosas lecturas de JSl vértigo y La lamentación de lord Byron... Por entonces... leí yo mucho á Bécquer, y... -viví algo sus Rimas sugestivas, (Aquí el maestro parecía tragar con esfuerzo un jugo amargo. Rodé por la vida... y... al cabo, más romántico, mucho más sombrío y huraño que antes de probar sus venenosos goces, fui á dar con mi cuerpo allá en una vieja ciudad castellana, cuyo nombre callo, aunque ustedes lo sospechen ó lo adivinen. Allí hay claustros, sepulcros, conventos, quietud y paz levíticas, dejos de vida medioeval, y allí me di á ensoñar sin objeto infinitas locuras y fantasías que, pintadas, hubieran corrido parejas con las de Theniers, Durero, Jerónimo Bosco ó Valdés Leal, que de todo hubo. La mujer de piedra, de Bécquer, me sugirió un delirio extraño; y... tenía más amigos entre las estatuas de aquellos sepulcros que Ínter vivos. Sólo iin buen canónigo, gran lector de los clásicos latinos, dado á todo género de poesía 5- adorador de las leyendas zorrillescas, me cobró benévola simpatía; y dolido de verme arrastrar mis treinta años entre sepulcros y paredones riiusgosos, otorgóme el regalo de una amistad bienhechora, á la que vine á deber cuanto soy. Comenzó por saludarme en la catedral, ofrecérseme á ensenarme las alJiaJas de ésta, hablarme de arte, prestarme libros, y acabó por convidarme á su tresillo nocturno, frecuentado por medio cabildo y por todos los viejos de la localidad. Una noche, hablándome aparte, me dijo: -A usted, tan aficionado á todo lo fantástico y maravilloso, le reservo un espectáculo línico; nadie más que usted ha de gozarlo. -Y con aire de gran misterio y sigiloso prestigio, acabó: -La visión con que le convido no es para todos ni se deja admirar siempre; tiene su hora, su luz propia para ser contemplada en toda su imponente grandeza. Mañana, á las doce de la noche, en la puerta de la catedral. Valor y puntualidad, amiguito. III Llegada la hora de la cita, introdújome mi viejo amigo por la cerrada catedral, donde resonaban pavorosamente nuestros pasos; abrió un guardián las puertas del claustro, cuyas mohosas bisagras rechinaron con agudos quejidos, que el eco repitió y agrandó de nave en nave del templo; entramos en el claustro á cuya sombra duermen, en tumbas adosadas á los muros, frailes, guerreros y obispos de piedra; las grandes ojivas estaban tapiadas; sólo una ó dos se conservaban abiertas, perfilando sobre el cielo su gallarda tracería; mandóme el canónigo acercarme á una de ellas, á la cual nos aso- manios apoyándonos en el antepecho de piedra. En el claustro bajo- -entonces en restauración- -hacinábanse grandes montones de sillares, cónicas pilas de cal y de arena, rimeros de tablas, vigas y herramientas, todo lo cual, confusamente se veía á la pálida luz de la luna, que bañaba las altas cresterías de la catedral, dejando entre sombras y penumbras el hondo patio; en el centro de él abríase un medroso boquerón negro, de enormes dimensiones y bordes desiguales; 3- 0 nada más veía aunque me desojaba escudriñando los rincones del vetusto y revuelto patio. ¿Y esto es todo lo que este buen señor tenía que enseñarme? -preguntábame dando ya al diablo la intempestiva salida y la molesta excursión por sitios tan fríos, húmedos y desapacibles. El canónigo, que tal vez adivinaba mi tácita murmuración y c uizás se complacía en ella, dijo reposadamente: J