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EL P I N T O R DE LA MUERTE I r s- tarde inverniza y cerrada en nubes, de esas en que anochece sin crepúsculo, como la som m- sorprendiese al gran Fresneda con los pinceles bañados en color y la frente encendida en inspiración, deseosos de que aquella interna luz, que cuando no se derrama en sus obras desborda de sus labios de pontífice del arte, cajéese sobre nosotros los neófitos convertida en enseñanza dogmática ó en expansión reveladora, rodeárnosle todos con fe de iniciados, con amor de discípulos. Corriéronse las cortinas sobre los anchos ventanones en que se congelaba la escarcha, agrúpamenos todos en el rincón de Minerva, así llamábamos los asiduos al ángulo coquetón y aristocrático donde en torno á la blanca estatua de la diosa el refinado artista ha escondido entre tapices y biombos los divanes, poltronas y chaisses- longues cargados de almohadones de brocado y terciopelo, en que recibe y agasaja á los primates de todas las aristocracias que frecuentan su estudio. Sutis, el gran Sutis, honor de la Prensa, que aquella tarde estaba ríjco- -afeo ¿o, como él decía, -tomó la palabra y dijo á Fresneda; ¿Se permite, á fuer de periodista, ser indiscreto, preguntón, interviewantc? -Venga de ahí, cronista eximio, respondió el pintor. -Pues con su venia, admirado maestro, allá va la boutade, y perdone; pero jamás pude explicarme cómo á hombre tan impresionable, nervioso y amador de toda gentileza, le dio por pintar muertos, calaveras, danzas macabras y espeluznantes zí r rfcroí, á lo Valdés Leal; 3 ardo en viva comezón de saber algo de su génesis de artista, de cómo se revelaron su temperamento, su vocación... ¿Quién no conoce la hermosa cabeza de Mauricio Fresneda, donde aún arde el estío y ya nieva el otoño d é l a vida; sus negros ojos, que esplenden bajo las espesas cejas cerradas; su barba fluente, que se esfuma en rizada niebla gris? Pues si de su o dice tanto aquella noble testa de artista, haj momentos en que irradia elocuencia su gesto, y aquel fué uno de tales momentos en su vida: un fulgor extraño fosforeó en sus pupilas, pero su voz estaba ya serena al hablar así: -La vocación y el temperamento, amigo Sutis, he ahí dos cosas difíciles de desunir en la persona de un artista: ¡como que la vocación es la revelación del temperamento! -Bueno; pues el punto y ocasión en que ese temperamento se revela, la causa que lo descubre, esa es la vocación del artista. -Claro está 3- bien dicho, compañero; y tan cierto es, que así ine aconteció como usted lo dice. El ¿intor de la imiertc estaba en mí, lo era 3 o, lo era... todo mi ser; pero 3- 0 me ignoraba, 3- llegó una hora de revelación, vxífiat, y... ¡fui! ¡Digo, creo haber sido! -rectificó dulcemente el caballero, como admirado de su valiente afirmación de artista. ¡Fué, es y será con la eternidad de la gloria! -aclamó Sutis inclinándose cariñosamente ante el maestro, á quien todos saludamos con un ¡bravo! y un entusiasta aplauso. -Venga, venga esa confidencia- -gritó Nerva, el crítico, -3 sabremos todos por qué en la paleta del maestro se mezclan los mismos colores sombríos que mezclaba el Greco en la suj a, por qué en pleno siglo XX vive Fresneda entre visiones macabras y triunfos de la Muerte.