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DEPORTES VERANIEGOS EL ESQUIFE i, M, io hay que asustarse al leer este nombre comprome f tedor. No vamos hablar Atíí frágil esquife, grato á los poetas de barcarolas, á los compositores zarzueleros y á ios romancistas á la italiana, á quienes el esquife ha servido ya en tan varias ocasiones y coa tan repetido éxitO; que ha sido preciso arrumbarle, por fin, en el desván de la guardarropia lírica. Ni- quiera nos remontaremos a l a s canciones de barqtdlla con que los trovadores portugueses y provenzales halagaron los oídos de las da- S f f m Jias de la Edad media. Hablemos r e s u e l t a mente del esquife, particularísima especie de embarcación p e r t e n e ciente á la numerosa familia de las cosas muy útiles que n o s i r v e n para nada. En efecto, el esquife, en realidad, no es una embarcación, sino más bien un juguete marítimo. Las señoritas bañistas del Cantábrico reconocen, después de bañarse unos cuantos días, que el deporte de la natación, con ser algo verdaderamente exquisito, resulta muy poco variado. Eso de que el mar ofrece delicias innumerables y placeres infinitos, no deja de ser una frase de barcarola en prosa. El ruar es infinitamente más monótono que la tierra para- quien q u i e r e d i v e r t i r s e Además, un error tradicional, que todos los veranos se repite, viene á ser el de considerar al l í q u i d o ele- mento como una cosa de juego y d i s t r a c ción. No hay tal. El mar es una cosa profundamente seria y grave, con la que no se debe jugar. Los ingleses, en su calidad de anfibios y de gentes capaces de hallar htimotir hasta en las cosas más fúnebres, han inventado una porción de juegos marítimos, como e l Water- polo, el weiter- fooíball y o t r o s d e que d a r e m o s cuenta algún día; p e r o el V