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m E T: V. LA NOVELA DE AUGUSTO ÍS ¿M UGUSTO ha entrado en el Casino de San f f i j l Sebastián, porque no puede sustraerse al instintivo anhelo de vivir siquiera unas horas en un ambiente de elegancia. Augusto es un pobre muchacho depravado por la lectura de ciertas novelas traducidas del francés, que han concluido por alejarlo de la tierra, familiarizándole con lo fantástico. Su depravación, claro está, es inofensiva. Es casto, crédulo, soñador y sumiso al cumplimiento del deber. Procede del estado llano, y siente por el prestigio hereditario de la aristocracia un respeto casi supersticioso. Una vez que habló casualmente con un duque, estuvo á dos dedos de desmayarse. Y este infeliz, que imagina no haber nacido para empresa mayor ni para más alto destino que el cargo de oficial quinto que desempeña con celosa puntualidad en el ministerio de Hacienda, dio el verano pasado en el capricho de largarse en el tren á San Sebastián. Sus ahorros, que ascendían á ochenta duros, fueron para él un semillero de tentaciones. Se veía en la capital dono. stiarra, en una fonda de cierta categoría distinguida, y luego, vestido pulcramente, paseando, con un junco en la diestra mano, por entre las arboledas del Bulevar. Augusto solicitó y obtuvo una licencia de quince días; se metió en un coche de segunda clase, y á San Sebastián. Lo primero que hizo al llegar fué escribir veinte po, stales para sus amigos y compañeros de oficina, incluso el jefe del negociado. Con esto se quitó un peso de encima, pues era la certificación fehaciente de que veraneaba. Ya nadie dudaría en Madrid de que él, Augusto Gomara, era hombre que podía permitirse ciertos elegantes devaneos. Augusto ha entrado con paso trémulo en el Casino, y al poner la planta en el umbral ha sentido una opresión en el pecho, que á poco lo priva del aliento. Es hombre que, en llamando á su volun- tad, se rehace fácilmente. ¡Valor, Augusto! -se ha dicho para sus adentros, y con resuelto ademán ha enderezado hacia la sala de los caballitos. Augusto es tan candido, que en cuanto ve una señora muy elegante sospecha que es una cocota. De aíií el que al encontrarse junto á la. s mesas en que se juega á los caballitos haya sentido el muchacho ese mareo especial que precede á todas las tentaciones y á todas las calaveradas temerarias. Damas muy bellas, de codos sobre las mesas, asisten con aburrida mirada al ir y venir de los caballitos y al ir y venir de las pesetas. Augusto se acerca, y la plena luz de las lámparas ilumina su rostro de adolescente. ¡Si yo jugara! -se dice fluctuando entre el temor y la tentación. Una señora lo mira por casualidad, y Augusto cree que sería cobardía resistirse á aquella mirada. -Jugaría cinco duros, -piensa el cuitado palpando su dinero en el bolsillo del chaleco. Se adelanta tímidamente y deja caer un duro sobre un tres. Arrancan los caballos, y Augusto experimenta un gran regocijo al ver llegar él suyo. Ha ganado siete duros. Una señora, la misma de antes, torna á mirarle sin u l t e r i o r intención. Augusto cree que hay en aquella mirada un designio del destino, y vuelve á jugar doblando. Parten los caballos, y el de Augusto se retrasa. Augusto pierde. La dama, con los errabundos y tal vez soñolientos ojos en el espacio, no atiende. Augusto se afana por atraer hacia sí aquella mirada, y juega con redoblado atrevimiento. Tras de los cinco duros se van los diez, y tras de los diez los veinte, hasta dejar al muchacho con los bolsillos exhaustos. La dama no ha vuelto á mirarle, pero Augusto no olvidará sus facciones, sus ojos obscuros y pensativos, su rostro de rosa de te, su boca y su nariz de madona y su mata de pelo, de sedeñas y ondulantes hebras. Ya en la calle, sobre el recuerdo de aquella dama elegante que ha asistido á su ruina, compone Augusto su primera novela de amor. Y en elsosiego de la noche, sus oídos perciben la rumorosa respiiración del Cantábrico... MAXUEIV BUENO DIBUJO DE M É N D E Z BRINCA