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LAS M I S E R I A S DE PARÍS LOS QUE VENDEN A SUS PERROS ItóS AjO los árboles floridos, en plenos ií flk Campos Elíseos, el mercado délos perros constituye un espectáculo desgarrador. Viendo á esos pobres hombres que arrastran á esos pobres animales, el alma se llena de angustia. Unos y otros sufren lamentablemente. Pero hay en los ojos de la bestia que va á perder á su dueño algo que ninguna mirada humana es capaz de expresar. ¡Ohl el dolor suave, el dolor humilde de las buenas bestias que lloran. Yo me detengo á mi pesar. Mi baño de sol, mi fiesta de belleza, mi romería de lujo, ¿dónde están? Ya no siento la caricia perfumada del aire primaveral. Ya los castaños fron dosos no tienen murmullos halagadores. Ya se han desvanecido, como sombras de linterna mágica, las siluetas armoniosas de las parisienses. Ya se ha detenido, helándose, la ardiente avalancha del lujo. I o único que existe y que persiste en este e. spacio que la alegría de pronto deserta, es la tristeza desolada de la feria canina. Vosotros, los que no habéis amado nuncr, á vuestro perro con amor de hermanos, vosotros no comprendéis lo que ha -en el acto de venderlo. Es como vender á un hijo murmuran las señoras sensitivas. Y ¿por qué sonreír? ¿No hay, acaso, en el cariño con que los buenos canes nos consideran, algo de verdaderamente filial. Lamartine supo, mejor que nadie, lo que puede en la imaginación de la gente el amor de los anima: les familiares. Encontrándose ya al fin de su vida, sin dinero y sin amigos, puso un anuncio que decía; El señor de I amartine se encuentra en un apuro muy grave. Como ya ha vendido todas sus joyas y todos sus muebles, sólo conserva un bello lebrel inglés. Con el corazón oprimido, ha dispuesto vetider este lebrel. Necesita mil escudos. Al día siguiente recibió más de cien cartas de mujeres que le enviaban los mil escudos, diciéndole que conservase su perro. Y asi, aquel hombre admirable que ya había cansado á Europa pidiendo limosna, aquel glorioso pordiosero que había sacado millones de la ternura pública y que creía agotadas todas las minas generosas, encontró aún los elementos de su regia prodigalidad en el amor de un lebrel. Que las mujeres hayan sido las primeras en sentirse conmovidas, no es extraño en semejante drcunstancia. Para ellas los poetas y los perros serán siempre más dignos de amor que para los liombres. Adoradoras egoístas s lo que causa placer, tienen por lo que acaricia una infinita gratitud. ¿Y qué son los perros y qué son los poetas sino perpetuos acariciadores? Porque, en verdad os digo, eso de hablar de poetas con ideas de poetas útiles ó de perros de guarda de perros necesarios es como hablar de rosas indispensables Eas flores, los poetas, los perros, no tienen más utilidad que la de hacer agradable la existencia. Lo que no comprendo es que esta feria de perros, que me emociona, en plenos Campos Elíseos, se celebre en el mes de Mayo. ¿Será, acaso, porque ahora se verifica á dos pasos, en el Jardín de las Tullerías, la Exposición canina? ¿Será porque esta época de luz, de alegría, de fiesta, obliga á todos los sacrificios? No. Los pobres seres que se pasean bajo los árboles con las cuerdas de sus canes entre sus manos temblorosas, son incapaces de comprender la belleza exigente de la primavera y de saber que hay un palacio en el cual los lebreles de lujo, los dogos millonarios, cobran un duro por dejarse ver. Lo único que tienen, en sus miserias, es el amor de sus perros. Los venden hoy allí, porque esta es la época en que la gente pasea á pie. No tenían más que su perro. Era su familia. Era su consuelo. Era su hijo. Y como la vida obliga á todo, los obliga á venderlos. ¡Pobres seres, pobres, pobres derrotados en la gran lucha de la exiscencia! Contemplando hoy vuestra tristeza, siento que los ojos se me llenan de lágrimas. E. GÓMEZ CARRILLO