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REVISTA LUST- F ADAf ANO XV 8 T -IÍ FLTO TM! 1905 NUM. 740 J t ¡5i JV h, j MARINAS WA fA escultura española moderna es muy moderna, porque, en realidad, apenas pueden llamarse iic estatuas esas obras frías, muertas, de los dos primeros tercios del siglo xrx. Desde que se disipó, á fines del xviii, el sentimiento de lo decorativo, floreciente en tiempos de Carlos III, el a r t e d e hacer estatuas quedó reducido entre nosotros á la práctica de reglas por quienes carecían del brío indispensable para adivinarlas ó practicarlas con el amoroso fervor que las convierte de fórmulas desabridas en substancia propia, rica, de poderoso subjetivismo. Única excepción fué el g- ran Alvarez. Nuestros estatuarios produjeron durante muchos lustros esculturas en que no ponían más que las enseñanzas de la Academia, cosa análoga á lo que hace aún la generalidad de nuestros arquitectos Irabajos de mezquina copia y, cuando más, de confección en vista de híbridos figurines. Piquer anuncia el advenimiento. La estatua de Blcano acusa en Bellver un impulso sentimental. Fué por fin, la pintura del simpático despertador del sentimiento artístico, de Fortuny, á quien debemos la vida en nuestras estatuas. Ya no hay reglas, porque á la calle, al café, donde se reúne la juvenil pandilla, no llegan esas dueñas quintañonas, siempre recluidas en magistrísles aulas y salones suntuosos, donde á tibia luz y entre oropeles ocultan su amojamada y solemne catadura. Vienen entonces las estatuas desequilibradas, inestables y hasta monstruosas, pero vivas, y también las graciosas, -vibrantes, monumentales Nos las trajeron JBenlliure y Querol; sería injusto olvidar á Gandarias. A poco llega Marinas, que se distingue por su modelado limpio y valiente. En todas sus obras, sin excluir los bustos, ha lucido estas cualidades, y más qne en ninguna en ñscadores pescados, que en la Universal de Chicago obtuvo una primera medalla. FRANCISCO AI eÁNTARA