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v r v i- tf f? L ii. ivJLs KB moE e DIALOGO DRAMATiCO G A B P I E L treinta y tres años MARTA, sesenta y dos años; I A MUERTE; U N MÉDICO. ílahitació 7i espaciosa modestamente aíjtziehlada. Chimenea encendida. Sobre una mesa, lítiles de escribir y varios mamtscritos. Gabriel sentado en ztna- bzttaca inmediata á la mesa. Sobre sus piernas, ztna manta. Marta y el medico- hablando quedamente jiinto d la puerta del foro MARTA. ¿Pero no hay remedio? MÉDICO. -Desgraciadamente no. El corazón no puede más. Sería imposible vigorizarlo. Todo el conteniendo los sollozos) organismo está destruido... Pero no llore usted G A B R I E L (ífeí zíár de tma larga pausa) ¡Necesito así, buena mujer. Si el enfermo la oyepe... vivir, necesito acabar mi poema! Las últimas esMART. A. -Yo le crié. ¡Es mí única familia! Mí ma- trofas, unos pocos versos, ¡qué hermosos los escurido, mis hijos, todos muertos. Sus padres, sus cho en mi alma! ¡Cómo se resisten á mi pluma! hermanos, también. Nos encontramos en el munProbemos una vez más; quiero escribir esas estro do sin nadie, solos, y nos queremos como se quie- fas; después, nada me importa morir. Coge con mano ren las personas desvalidas, las buenas almas. Yo, temblorosa la pluma y escribe con mucha fatiga. Levanta como á un hijo, señor. ¡Casi más que á mis hijos! luego la cabeza para respirar. Etitra la Muerte. ¡No he de llorar si éste también se me muere! G. -iBRiEi. ¡No puedo, no puedo! Bíe ahogo. ¡VaMÉDICO. -Comprendo, comprendo... En fin, lor! He de concluir esas estrofas. Toma á escribir. -vaya usted á la botica con la receta qu a le he Jado, La MíLcrte se detiene al otro lado de la mesa. Gabriel se iny que se la despachen pronto. Una cucharada cada corpora de nuevo y la ve. ¡D i o s m í o q u é h e r m o s a hora. Eso le aliviará, prolongará tal vez su vida mujer! ¿Por dónde entraste, que no sentí ningún unas horas, unos cuantos días... Curarle, imposiruido? ¿Quién eres? ble. ¡Sólo un milagro! y los milagros... E A MUERTE. -Soy la Muerte. MART. ÍV. ¡Dios mío, Dios mío! Y me lo mata eso GABRIEL. ¿Ea Muerte tú? Pues ¿cómo con tanta que escribe; su trabajo, su maldita escritura. ¡Cuán- hermosura? ¿t s hermosa la Muerte? No me engatas noches me he despertado inquieta y le grita- ñes. Tu belleza soberana te contradice. Tú no ba desde la cama: Gabriel, hijo mío, que es muy puedes ser la Muerte, sino la Vida. ¡Es la Vida tan tarde; acuéstate, por Dios, no escribas más! Y él hermosa! ni me respondía siquiera; y luego, creyéndome EA MUERTE. ¿Qué importa un nombre en la dormida otra vez, mascullaba no sé qué palabras, bios humanos? Me llamáis Muerte, y hermosa soy. y al día siguiente estaba pálido como un muerto, Elámame Vida, si la palabra suena mejor en tus con los ojos desencajados y una fatiga que le ahooídos. gaba. ¡Malditas, malditas escrituras que me matan GABRiEL. -Pues si eres la Muerte, escúchame á mi hijo, malditas! piadosa. Permite que termine este poema, mi MÉDICO. -Sí, sí; el trabajo mental, tal vez los obra, la que repetirán todas las voces, muda la xtravíos de la juventud; su naturaleza, que nunmía. Sólo me faltan unas pocas estrofas, las más ca ha debido ser muj- fuerte. En fin, vaya usted á sublimes. Déjame que las escriba. Después, estoyla botica. Vendré mañana, y ojalá le encuentre pronto. más aliviado. L A MUERTE. -Piadosa soy siempre, pues soy -MARTA. -Hasta mañana, señor. Vdse el vie dico. el consuelo, y tras de mí no hay llantos como Marta, despttés de secarse Ijs lágrimas, avanza hacia Ga- creéis vosotros, sino plácidas horas. ¿Mas por briel y le dice con tono aparentemente alegre? CTabriel, qué deseas concluir tu poema? ¿acaso pretendes no hijo mío, ¿sabes lo que me ha diciio el médico? morir del todo para este mundo en que naciste? ¿No nieoyes? GABRIEL. -Sí, quiero que los hombres, los de G. ABRiEL. -Sí, M a r t a hoy, los de mañana, repitan mis versos, pronunMARTA. -Me ha dicho que con la medicina que cien mi nombre. Para ellos escribí mis estrofas, lia escrito en este papel y la voluntad de Dios, te con sus dolores amasé mis versos. En su ritmo curarás del todo. ¿No te alegras, liiio mío? suena enérgica protesta contra las injusticias que GABRIEL. -Sí, Marta, sí. Necesito vivir. MARTA. ¿Quién duda que vivirás? Pues ea, voy á la botica á que preparen la medicina. Tú, entretanto, estáte tranquilo. No te quites la manta de los pies, ni pienses en nada, sino en que ya viene la primavera y te pondrás muj bueno, muy bueno. ¿Eo oyes? ¿No te alegras? Vuelvo en seguida. (Vase