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yendo de algún peligro invisible y es 5 antoso, Difícilmente podría pintar mi sufrimiento en aquellos minutos, que me parecieron siglos. Por fin llegué á pisar el suelo de la locomotora. ¡Maquinista! -grité con toda la fuerza de mis pulmones. ¡No hay maquinista! -contestó una voz obscura. Era el fogonero, que abría la puerta del hogar y echaba una paletada de carbón. En aquel momento pude observarlo bien, iluminado por el fuego que hacía hervir el agua de la caldera; llevaba blusa de lana azul y pantalón de pana; su cuerpo parecía de recia contextura; su rostro, feroz, casi oculto bajo la espesura de la barba; no tenía nada de vulgar. Miré al fogonero, me miró y adiviné que no tardaría en desarrollarse un drama. Permanecí un rato indeciso, y tuve serenidad bastante para examinar aquella locomotora formidable, tipo Crampton, de cilindro corto y grandes ruedas motrices, que debía de tener una fuerza de vaporización enorme; cuando mis ojos vieron el manómetro, que señalaba veintinueve atmósferas, ¡Basta! -grité viéndole con otra, paletada de carbón. El fogonero me apartó con la mano izquierda como si fuera yo una paja. 1,0 absoluto de aquella fuerza me sobrecogió. -Toma, fogonero; tendrás amigos; toma un puñado de oro y diviértete con ellos- -exclamé con aturdimiento; -diviértete con ellos, pero déjame parar el tren... ¿No tienes amigos? Tendrás hijos; toma lo.ooo, 40.000, 50.000 pesetas, una fortuna... guárdala para tus hijos, pero déjame parar el tren... ¿Tampoco tiei nes hijos? Tendrás queI rida; al menos tendrás querida; íoma collares de perlas, sortijas, brazaletes cuajados de brillantes, pero déjame parar el tren... ¿Tampoco? Tas monedas de oro, los fajos de billetes j las joyas que iba sacando á puñados del bolsil l o s e desparramaron por el suelo, y el ogro permanecía indiferente. Ta cólera me iba ganando. Ya tenía la mano en el bolsillo acariciando la culata de mi revólver, j sin embargo, vacilaba. ¿Era posible matar á un hombre que no tenía el aspecto de quererse defender? Miré al cielo; la luna se levantaba en el horizonte como una señal roja, y los postes del telégrafo volaban á mi alrededor; la máquina, de tanto correr, saltaba sobre los carriles estremecida, jadeante, aullando por los escapes de vapor, como impulsada por un arrebato de locura... Dos paletadas de carbón cayeron dentro del hogar. ¡Basta, miserable! -grito lanzándome al volante de cambio de marcha, para dar contravapor. El fogonero me detuvo con su puño irresistible. Dn UJO D E M É N D E Z BRIN GA Me lancé al regulador para cerrarlo, quise apretar ios frenos... ¡en vano! Aquel hombre me abría las manos con tanta facilidad como si fueran las de un niño. Medio loco, me incliné fuera del ténder, y vi que muchos viajeros se asomaban por las ventanillas de sus coches. ¡Mátalo, mátalo! -me gritaban. -Me volví rápidamente. Acto continuo levanté la mano y disparé los cinco tiros de mi excelente arma. Miré con espanto á través del humo y... ¡el fogonero en pie! Tas balas, aplastadas como si hubieran chocado contra un muro, habían caído al suelo. Ciego de ira, le arrojé á la cara mi revólver descargado, pero ¡nada! ¡El revólver produjo el mismo efecto que las balas! El fogonero volvió á sus paletadas de carbón. El vapor chillaba escapándose por las junturas de los tubos, la puertecilla de hierro del hogar estaba roja, incandescente, y ¡el manómetro subía! ¡No me importa mo rir! -grité arrojándome á los pies de aquel ser extraordínaric; -pero dime de dónde nos traes, dime adonde nos arrastras, dime quién eres, ¡oh, sí, nada más eso! ¡dime quién eres! El fogonero echó al hogar otra paletada de carbón. Desesperado ya, miré á la bóveda del cielo, miré la vía, prolongada en lo infinito, y me dejé caer desvanecido hacia un rincón del ténder, sollozando y tapándome la cara con las manos. De pronto cruzó mi cerebro una idea más brillante que la luz. Me levanté de un salto, loco de ira y de dolor, me agarré con ambas manos á la blusa del fogonero, y me puse á gritar desaforadamente: V. i- í- Ya C C ya se... -i l a sé. 5 ya sé quién eres! ¡Tú eres el destino! Y ¡oh rabia el maldito fogonero, indiferente á mis gritos, como lo había sido á mis ruegos y amenazas, sereno, impávido, mudo, inexorable, continuaba echando al hogar sus paletadas de carbón. TEMA: D O M I N U S VOBISCUM (NÚ. MERO 4 4 DE NUESTRO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS)