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Estos gritos se oían á pesar del ruido. Cuatro Los sabios tomaron el papel, lo examinaron deseñoras se desmayaron casi al mismo tiempo. Nos tenidamente, se lo pasaron de mano en mano, se abalanzamos á los timbres de alarma, con objeto rascaron detrás de la oreja, y después miráronse de hacer parar el tren, y esperamos un rato; pero los unos á los otros, pálidos como difuntos. El del el tren continuaba su marcha todavía más veloz. método deductivo, más corrido que todos, no saYa nadie se reía. De pi onto: bía dónde volver la cara; dio media vuelta y des- ¡El jefe de tren asesinado! -dijo una voz co- apareció. lérica. ¡El soplo del viento se llevó el papel por una ICos lanzamos todos á las portezuelas instinti- ventanilla del coche- salón! vamente, cuando se oyó este grito desgarrador: Di cuenta de todo á mis compañeros, con el co- ¡Las portezuelas cerradas! ¡No se puede abrir! razón oprimido, y como la situación era insosteEntonces fué cuando la confusión y el espanto nible, se discuuó de nuevo. l l e g a r o n á su colmo. Hubo chillidos, apreturas, empujones, golpes, heridas y accidentes. Las m a l e tas, las mantas, los abrigos, rod a r o n p o r el suelo... Me pregunté, por segunda vez, si todo aquello no era u n sueño... Pero n o; desgraciadamente, no era un sueño: era la realidad lo que tenía d e l a n t e de mis ojos. Y vi con asombro que al cabo de algún tiempo fueron tranquilrzándose los ánimosppco á poco; los sacerdotes s a c a- ban sus Breviarios, las m u j e res rezaban, m u c h a s viajeros, sobre todo los que ocupab a n coches de tercera clase, permanecían indiferentes. Entre los No se podía psnerar socorro de nadie, pues el de primera, linos cuantos privilegiados, que po- maquinista no hacía caso de los gritos que se le seían la sabiduría (por lo que se llamaban sabios) daban ni de los tiros de revólver que se disparatrabajaban con ardor y perseverancia, rodeados de ban al aire por las ventanillas. un sinnúmero de libros, instrumentos y aparatos. ¡Silencio, compañeros! -exclamé de repente IvOS viajeros que no nos aveníaiuos con lo que con todas mis fuerzas; -tengo un plan; yo haré nos pasaba, decidimos interrogar á los sabios, -y parar el tren á toda costa. fuí yo el encargado de redactar y presentar las Saqué de mi maleta un revólver cargado, y pedí dos sencillas preguntas que sintetizaban todo el á todo el mundo dinero y objetos de valor. La misterio y todas las angustias de nuestra situación. gente me miró sorprendida; luego empezó á com- ¿Cuántos problemas hay. que resolver? -me prender, y nis bolsillos llenáronse de oro, billepreguntó uno de los dos respetables varones que tes de Banco, joyas de las cuales se habían despo se levantaron para recibirme. jado las mujeres. -Dos, señor. Luego salté por una ventanilla con toda la lige ¿N a d a más que dos? ¡Valiente cosa! Yo poseo reza de mis veinticinco años, y prorrumpí desde elmétodo experimental, y todo lo divido, lo ma- fuera como para despedirme: chaco, lo desmenuzo, lo diluyo, lo descompongo- -Señores: tengo el derecho, la seducción, la en moléculas y en átomos, y no hay nada que se fuerza... ¡venceré! mé resista. Una salva de aplausos acogía mis palabras- ¿Nada más que dos? -repitió el otro sabio. -mientras yo me agarraba fuertemente al pasama ¡Valiente cosa! Yo poseo el método deductivo, nos de metal y hundía la mirada en el vacío. caldeo la palabra humana, la estiro, la comprimo, ¡Pero qué impresión! ¿Cómo pude resistir aquela doblo, la deformo, la retuerzo, y no hay nada llo sin morirme de terror? La tarde que se acaba, que se me resista... el viento frío, la llanura, y allá lejos la luna nueva, Los sabios dijeron con desdén: roja, enorme, siniestra; y además el humo que me da en la cara, la tierra que se desliza debajo de- ¡Vengan los problemas! ¡Aquí están, señores- -exclamé apresurada- mis pies, y los postes que se precipitan sobre mi mente, lej endo la hoja de papel: i. ¿De dótidc ve- cabeza, y el ruido de los coches, que se agitan y entrechocan y gimen como fieras montaraces hunimos? 2.0 ¿Adonde vamos