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en este mundo. ¿Quién nos guía, nos dirige, manda en absoluto en nosotros? Ya te lo he dicho mil veces y te lo diré otras mil: ¡el destino! Yo, entretanto, cerraba los ojos poco á poco, y percibiendo confusa. mente los a d e m a n e s expresivos de mi buen amigo, su larga cabellera, su mirada de hipnotizador... Me desperté de un modo brusco y permanecí algo atontado, persiguiendo esas i d e a s vagas é insignificantes que flotan en un incompleto despertar. Mi voluntad se apoderó de una, y exclamé; -Carlos, ¿cuál es el nombre de la última estación? Mi amigo, que departía con un caballero de aspecto venerable, susmomentó para decirme volvió las espaldas, como quien no quiere abandonar su nueva presa. Impulsado por un leve despecho, tuve deseo de interrumpir el diálogo: -Carlos, con permiso del señor, ¿quieres darme lü. Guia oficial de ferrocarriles? EL F O G O N E R O B figuras que hacemos lo que nos da la jana? ¡Qué ilusión! ¿De ííiodo- -repliqué sonriendo con amargura- -que todo se debe a l a casualidad? Mi amigo se levantó, asióme del brazo con vigor, y clavó una mirada profunda en mis pupilas. ¿Sabes- -añadió pausadamente- -quién dirige los más pequeños acontecimientos de la vid a? ¡El destino! Esta palabra se pronunció en un tono tan solemne, y la Idea me pareció tan vaga, tan manoseada y tan vulgar, que miré á mi compañero de viaje con ganas de reir; pero no liicé observación ninguna por no enzarzarme otra vez con aquel gran disputador. El tren llevaba escasa velocidad, v yo, rendido por la discusión, me puse á contar los liilos del telégrafo, que subían y bajaban de una manera regular, siguiendo las ondulaciones del camino J íi compañero de viaje, precipitándose á la portezuela, bajó la cortinilla de un tirón brusco como para evitarme distracciones y monopolizar despóticamente toda mi atención, y volvió á la carga. ¡Santo Dios, qué hombre! ¡Qué calamidad de nombre! Tentado estoy á pintároslo... pero notodo el mundo conoce á Carlos Epicteto, el sempiterno hablador, el mordaz polemista, mi autio- uo amigo, largo tiempü desaparecido de la memoria, y aquella tarde citado conmigo, por el azar en el rincón de un coche de primera. -Mira, Carlos, déjame, ¿quieres? ¡déjame, por Dios! -gemí, envolviéndome las piernas con la manta de viaje y recostándome sobre la almohada. ¡Me muero de sueño! ¡Ahí ¿Quieres dormir? Duerme, hijo, duerme- -exclamó el implacable; -pero conste que mis afirmaciones han quedado en pie: vano es tener nada desear nada, esperar nada ni esforzarse por nada Me dio el libro, y al abrirlo no pude reprimir un grito de sorpresa. ¡Tenía todas las hbias en blanco! -Pardon, monsicur... ¿me permite ustéd? -dije á un señor francés que tenía yo á m i lado, apoderándome de su Giúa, sin más ceremonias; ¡no r e cuerdo el nombre de la última estación! ¡Moi, non plus, monsicttrl ¡Cómo! ¿Usted tampoco? ¡Y la, s hojas d e s u Gtiía de ferrocarriles en b l a n- co! ¡V todas las Guías que había en el departa mento en blanco! ¡Y la memoria de todos los via. jeros a quienes me dirigí, en blanco también, pues ninguno recordaba el nombre de la última estación! Nos miramos con sonrisa ligeramente forzada ¿Estaña yo soñando? Como los coches se comunicaban unos con otros, bien pronto se inició alguna confusiónpues la noticia del anómalo suceso corrió como la pólvora, y se averiguó que no solamente to das las Gzaas de ferrocarriles estaban en blanco sino que nadie sabía nada de la última estación ni de aquella adonde nos llevaba el tren. Estos hechos extraordinarios impresionaron á los viajeros de diferente modo, según el temperamento de cada uno. Garios Epicteto, el señor francés algunos más, manifestaban sobresalto; otros lo tomaban a broma, v se reían. Mientras tanto, la marcha del tren se apresuraba perceptiblemente, y las sombras de los postes telegrafieos, que se multiplicaban obscureciendo los cristales de las ventanillas, nos producían como una impresión de fúnebre aleteo. El miedo se apoderaba ya de los viaieros ni, ás despreocupados. ¡Sobrenatural, incomprensible! ¡Atroz! ¡Espantoso!