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i ico DE: I.0 Í 5.0 so de empezar á ser hombre- -dijo el narrador- -lo tenía j o muy pensado, y aquella vez cumplí el programa por completo. Me encontraba con algún dinerillo, y después de alegrarme un poco en el almuerzo, salí de casa, anduve de acá para allá, y dos horas después, un amigo de mi padre á quien llamábamos Püo de loro porque SU nariz tenia la misma forma que el pico de un loro viejísimo que había en casa, me encontró en la antigua y entonces desacreditada calle de Sevilla, con un puro de á cuarta en la boca y dando conversación á una mujer de lo más despreciable según contó ñco de loro á mi familia, pero que á mí me parecía entonces la emperatriz de las mujeres. Al ver pasar á Pico de loro se me heló la sangre. Corté la conversación y, presa de creciente inquietud, seguí de lejos al viejo, que se encaminaba á mi casa y qvie cabeceaba al andar como si remachara con cada movimiento de cabeza esta afirmación: ¡Vaya si lo digo! A mí me producía an. sias de muerte la marcha afirmativa de aquel policía odioso, y sin darme cuenta de ello, iba diciendo en voz baja: ¡Bueno! ¡bueno! ¡bueno! -y movía pausadamente la mano como prometiéndole vengarme; pero en realidad no hacía otra cosa que llevarle el compás. Por último, se consumó mi desgracia: le vi entrar en mi casa. H a y que tener en cuenta que, en punto á castigar á s u s hijos, mi padre era del antiguo régimen. Paliza prolongada. Por lo menos, á mí me parecía que cada paliza duraba media hora. En fin, parecíéndome demasiado irme á los Estados Unidos, entré en mi casa un ratíto después. Mi padre no me dio explicaciones. Lo que me dio fué una tanda de pescozones, puñetazos, bofetadas y remoquetes enorme. Por mi cuenta, empezó tres veces. Entré en mi cuarto á impulsos de los últimos puntapiés y lloré y rabié, como era del caso, y le juré un odio morisco á Pico de loro, á quien de matar amarrado á una argolla que había pared del sótano y pinchándole con un espetón nasra que hincara el pico. Tuve que contentarme con algo menos, y para lograrlo asegurarme la complicidad del loro. Este era el mejor amigo que tenía en la casa mi infame 1 delator. Todos los días, después de hablar un rato con las personas de mi familia, el vie ¡o iba al cuarto donde vivía retraído éí loro; le daba alguna golosina, le decía mil cariños y metía la nariz entre los barrotes de la jaula para que el loro la acariciase con las únicas tres plumas que le quedaban. El animal se volvía loco de contento; parecían dos hermanos. Pues bien; momentos antes de que llegara mi hombre, cogí un día un bastón, fui al loro y le di un metido en cuarta baja, que á poco más se cae del travesano. Se quedó con una pata en alto y mirándome como diciendo: -Pero esté ataque, es ni siquiera constitucional? Volví á la carjja con tres botonazos seguidos, un palo en la cola y dos linternazos en las patas. líl loro se indignó. Había abandonado el travesano, proferia palabrotas y daba vueltas por el suelo de la laula sin quitarme ojo y sin quitarme el bastón, que era sin duda lo que más sentía. Y yo impertérrito. Puntazo por aquí, miCtido por allá, gozándome en su cólera. En esto entró Pico de loro á visitar á su ami güito. fil loro, que estaría echando de menos cincuenta cataplasmas y una cuerda para ahorcarse, al ver al viejo se replegó prudentemente, porque ya debía tener por enemigo á todo el género humano, y levantó la pata defensiva. ¡Buenos días, lorito! ¿qué dice el loríto? ¿qué dices tú, precioso? -decía el vejete Y yo, detrás de él, levantaba el bastón en alto y lo agitaba amenazante; y el loro se replegaba contra los barrotes y niemiraba como un cíclope irritado. -I Ven acá, rico! ¡haz una fiesta á tu amiguito! ¡Vamos, anda, lor. J, Ea frase acabó en grito terrible. p; i imprudente vie o había metido la nariz en la jaula, y por pronto que yo acudí en su socorro apartando, al loro de un puntazo, lo que salió de entre los barrotes era un cuarto de kilo de lomo. ¿Ve usted. -le dije. -No se puede meter la nariz en todas partes. F; SERRANO DE EA PEDROSA DIBUJO DE J FRAKCES