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LAS BELLAS VENCEDORAS gtejON su habitual delicadeza, ya hace años nos habló Fierre Loti de la hermosura fenieuina japonesa en su precioso libro Múdame Cryxantkemc y e n sl S Japone 7 ícs d aioni nc. Pero como el Japón caniinatan de prisa, posible y hasta probable es que los tipos pintados por Loti hayan cambiado -a como, sin duda, por momentos están cambiando y progresando los japoneses en proporciones que llegan á inquietar á los occidentales tímidos. Sabido es que S. M. la emperatriz Haruko y las damas de su séquito usan el traje europeo ya casi constantemente. No hay entre ellas aún el refinamiento propio de las demás cortes civilizadas. Hasta ahora no tenemos la menor noticia de que las damas de Tokio hayan encargado íoüctles klos. grandes modistos parisienses, pero todo se andará silos triunfos continúan. Aún no se ha necho vulgar y corriente entre las coterráneas de Madaine Crysanthéme el traje Occidental como entre sus maridos y hermanos. Verdad es que hay para ello una razón de estética quizás un poco inconsciente, y es que los japoneses, ni con su traje antiguo de vistosos y gayos colorines, ni con el hábito de feuropa, dejarán de ser feísimos y de carecer por completo de gallardía. En cambio las mujeres japonesas, según Loti y según las fotografías, poseen un género de belleza atractiva, risueña, graciosa é infantil, á la cual adornan y completan maravillosamente las vestiduras sueltas, de suprema elegancia, que usan desde tiempo inmemorial. Contemplad esas figuritas tan encantadoramente ingenuas, tan finas en sus bneamentos, con ese no sé qué de animalillos domésticos que parece reclamar cariño y protección al par, y decid si no es un verdadero crimen de lesa estética envolver tan endebles y gráciles cuerpecillos en las ropas ajustadas que la perversión d. el gusto europeo impone á las mujeres, y cubrir c a s lindas y gentiles cabecitas con los horripilantes armatostes de flores, plumas y aves que se gastan por acá. Sería lamentabilísimo que después de haber copiado y aprovechado lo peor de la civilización occidental, los fusiles, los cañones, las ametralladoras y los torpederos, fueran los japoneses á romper con su tradición de buen gusto artístico y de elegancia femenil, estropeando lo mejor de la vida, que es la mujer, al disfrazarla con perifollos que para ella habían de resultar seguramente exóticos, y que en manera ninguna pueden armonizarse con el carácter peculiar de su belleza. W. B.