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i K I- i r Xv i n i j- E B JL nando bardales y cercados, á tiempo que cantaba románticamente. Adiós, Rosilla! ¡Adiós, clavel! Hendían la densa lobreguez de la noche rojos fogonazos de vez en vez, y las detonaciones levantaVmn ecos, múltiples en los valles y angosturas. Los mineros, como todos los sábados, descargaban en las tinieblas sus armas de fuego, cual si pregonasen un derecho de conquista sobre la aldea. A cada disparo temblaba Juan de impaciencia y de rencor. Aquella noche el divino bálsamo del sueño no suavizó sus músculos, envolviéndoles en dulce letargo. En esto tuvo menos fortuna que los héroes de la Itíada. Al día siguiente, muy de mañanita, con su ropa aciíchillada de paño berníellóu, sus botas de cuero rojo y el gran garrote pendiente del brazo por una correa de vaca, iba de un lado para otro por toda la pomarada que se tiende, ribazo arriba, á la parte trasera de su casuca. -Muncho madrugas, Xuan. ¿Qué quier cpie faiga en la cama, pa? El padre de Juan era un viejecito menudo y vivaracho; la piel de color de ocre tostado; blanquinoso el casco del cabello; las barbas de ceniza; purpurina la nariz; los ojos bien guarecidos j; -encubiertos en sus cuencas; como vivo rescoldo la boca, bajo la mancha gris del bigote. Llevaba ia carga de sus setenta años como liviana impedimenta, y en sus ge. stos prontos y bruscos tenía algo de la nerviosidad impertinente del gorrión j de las señoritas pizpiretas. Era extraño cómo de tan mezquino tronco había salido un vastago tan recio y poderoso como Juan. -Alguna niozina tráete á mal traer, ¿verdá, Xuan? -Xon ye eso, pa. -Bueno, bueno. Exclamó socarronaniente el viejecito, corriendo campo abajo, á saltitos, con la misma ligereza de un gorrión en el ala del hórreo. De sol á sol anduvo Xuan errante por la aldea, sin parar gran cosa en parte alguna. Recorrió las boleras, visitó los lagares, inquieto y desasosegado. Cogióle la caída del sol en un bosque de castaños, junto á la ermita del Ecce- Homo. Por el lado poniente, á través del áspero y tupido ramaje, refulgía una barra de oro; el ventalle de las hojas levantaba leve brisa, y en el fondo sombrío de l a capilluca, junto á la imagen del Xazareno, u n a f ffvi N contiendas y luchas singulares, la for taleza tradicional de la raza veníase aí suelo, merced á las arterías de aquellos hombres tenebrosos, vomitados del seno de la tierra. Los aldeanos eran nobles, presentaban el pecho, daban la cara en la pelea. Los mineros eran insidiosos y cobardes, hábiles en malas mañas. Aquellos, sin más ciencia que la iniciación del campo- -avezados á la labor del arado, cuyos cavones vienen á ser leves araíñazos en la costra del terruño, ó al aguadañado de la hierba, recolección de lo pictórico que se ofrece, -Ümitaban el alcance de sus bríos á un bélico simulacro de sus faenas agrícolas, y nunca el nudoso garrote profundizó más abajo de la epidermis de su contrincante, ni el crispado puño hizo otra cosa que arrancar alguna hirsuta greña, maraña de pilosa vegetación. Los mineros, no. Horadaban las entrañas de la tierra y sabían desgarrar las de los hombres. Los héroes primitivos, rudos y sin rencores, fueron desapareciendo. Estremecíanse, al recuerdo d é l a s armas blancas 3 silenciosas, como corzos envueltos en el clamoreo de la jauría, y el brillo siniestro de las hojas bruñidas temblaba como una saeta hendida en el meollo de sus huesos. Los pobres labriegos, si de por vida aventaban el gra- 10 sobre el surco, sembrando gérmenes, ¿cómo habían de saber esgrimir la navaja destructora y falaz? Son unos cobardes vociferaban los hombres tenebrosos, tras de la pelea, en alguna romería. Bramaban los aldeanos de coraje, acorralados por el brillo de las láminas inquietas, como bestias vencidas. Los mineros, por su parte, mantenían su hegemonía medrosa con asesinatos frecuentes. 131 valor legendario, la bravura díscola, la indómita osadía de la raza latía, sin embargo, sordamente en algunos pecho, Y así Juan de Francisco, cortejando con su novia Rosina el sábado por la noche sobre un montón de heno en la quintana, decía así: -Soy tan valiente como cualquiera, Rosina: ¿quiés velo? -Vamos á velo, Xuanín. lañana que ye domingo. ¿Qué vas á facer? -Lo que faga cualquiera, el más animal de esos gochos negros. -Pos hasta mañana, Xuan. -Hasta mañana, nena. Y se perdió en la noche, á campo traviesa, ga-