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Yo mismo vacilé; al fin y al cabo Selmo era profesor de primeras letras; primeras, sí, pero letras. Repuesto de la sorpresa, pregunté en firme: ¿Cuándo aparecieron por Abandio? -Ha 3 a cuatro meses. ¿Y cómo fué ello? ¿de noche, por supuesto? -No, señorito; kmetad de una tarde tan guapina corno ésta; lo cual que estábamos yo y los rapaces en la escuela. -Así, á pleno día, ¿se atrevieron? -dije con aire crédulo. -Ustedfigiírese: llegaron hasta la misma puerta de la iglesia. Al oir esto, abrí la boca en señal de abobamiento; esta abertura llenó de confianza el pechazo de Selmo. -Estaba yo en el pórtico de la iglesia, donde tenemos la escuela; en esto que daba cuatro moquetes á un rapaz que no quier deprender el silabario, cuando oimos de repente, sin más nublación de cielo ni más nada, un ruido como el de truenos cuando hay iurbón en losunontes de ahí arriba; pero en vez de retumbar en lo cimero, venía el retumbo por lo bajo, entre la hoz del río, lo can que cuando comenzó á rugir aquello, pensé que era cosa de riada; pero no, señor, no era cosa del río, sino del infierno, y corría á todo correr camino adelante, lo cual que yo lo vi, desde la escuela misma, dar las tres revueltas del Carbayín en un abrir y cerrar de ojos. -Pero, hombre, ¿qué vio usted? -pregunté ansioso. Y aquí fué el narrarme con palabra aún temblorosa lo entrevisto: envuelto en la tolvanera de la rauda marcha, un monstruo enrojecido, como si viniera tinto en sangre, con dos ojazos relucientes, á través de la nube de polvo, lanzando de sus enti añas, al meterse por la aldea, destemplados gañidos de fiera rabiosa; con el fragor retembló el monte, se estremeció la espadaña de las campanas, y aún juraría Selmo haber oído un poco de repiquete. No se refrenó el monstruo hasta dar en el pretil que resguarda de bestias la. escuela; pero aun así, parado, en vez de aplacarse, temble- queaba convulso con nerviosa sacudida. Los escolares, amedrentados, buscan refugio tras la mesa del maestro, y el maestro mismo quédase atónito, sin dar crédito á lo que ven sus ojos; del monstruo rugiente descienden dos parejas de enmascaradas fantasmas, vestidas unas con zamarrones de borrego, otras con túnicas blancas y bien celados los rostros, sin dejar resquicio, con encristaladas máscaras ó con flotantes velos anudados en la nuca y caídos sobre los hombros. Como una estatua se quedó Selmo; brazos y piernas se. le agarrotaron con el pasmo; se le trabó la lengua; y aunque una de aquellas marimantas preguntó algo, el pobre Selmo no oyó lo que pedía, HÍ aun oyéndolo hubiera podido responderle. Entretanto, los aldeanos de Abandio, empuñando horcón ó esgrimiendo dalle, fueron entrando en el pradín de la iglesia, sin arrimarse mucho al monstruo, ya entonces algo más sosegado y silencioso. Eos duendes, viendo entornada la puerta de la iglesia, en la misma iglesia se metieron; el sacristán que tal ve, corre loco á dar aviso al señor cura; los rapaces lloran de susto; las mujeres cierran las puertas de las casas, quedándose ellas, como es de suponer, de la parte de adentro, y entre los hombres no hay ni un mozallón de los de pelo en pecho capaz de arremeter contra los trasgos. -A poco salieron éstos de la casa de Dios, montaron otra vez en el rojo armatoste, y como almas que lleva el diablo, entre remolinos de polvo, con no menos estruendo ni retumbo, desaparecieron. Flotante en el aire quedó una hediondez extraña; no era, según Selmo, tufarada de azufre, pero sí de petróleo. -Y ahora, que vuelvan á embrujar los campos, -dijo el maestro lanzando fiera mirada al herrumbroso mosquete. Mi curiosidad estaba satisfecha; sólo faltaba una pregunta: ¿Y el señor cura creyó en los duendes? ¡Qué había de creer! -respondió Selmo, -si aquella misma tarde, al abrir el cepillo de las Animas, ¿qué dirá usted que topó en vez de las dos ó r s f erras de costumbre? TX puñadín de pesetas! FRANCISCO A C E B A E DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA