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bos duendes en mi aldea Llegué á mi aldea como todos los años llego, ávido de refrescar la mirada en el verdor de los prados, sediento del rumor de los maizales, codicioso de recrearme en los relucientes campos de remolacha; pero ya antes de entrar por tierras de Abandio comenzó á entristecerme la vista de praderas sequerosas, empalidecidas con amarillez agosteña, y ver zaleados los maizales, otros años tan densos, y rasos los terruños, antes engalanados con plantíos de remolacha como campos de esmalte. Aquellas tierras feraces parecían sequerales yermos; año como aquél no lo conocieron ni los ochentones de Abandio; pobreza de maizal ya la habían visto tan grande como aquélla; ruindad de pasto también la recordaban, cuando feriaron las vacas en la villa, por no verlas perecer de hambre ó de tristeza sobre los prados secos; y en lo tocante al mezquino e. Squilmo de remolacha, reciente estaba el año de pudrición del fruto por haberse enaguazado las tierras con la copiosidad de la lluvia. Casos de éstos los recordaban todos, pero nadie recordaba todas las escaseces iuntas en un mismo año. Así hallé de acongojados á los aldeanos de Abandio. Abandio es mi aldea, escondida en lo mas hondo y huraño de los montes de Monsacro, rincón manido, á trasmano de toda comunicación humana y con acceso por un angosto camino carretero, el cual recorro yo en cinco horas, al trote de mi cuartago. Una vez sumergido en Abandio rae figuro en el fin del mundo y separado de todos mis. semejantes, porque á los vecincs de Abandio, aun estimándolos yo mucho, no puedo creerlos mis semejantes sin duro sacrificio de amor propio; son sencillos, son noblotes; la maldad humana es entre ellos marrullera, nunca rufianesca; tienen hombría de bien, y sin embargo de tan excelentes prendas, no me acostumbro á la idea de la completa semejanza. Kl Ver acongojados y afligido. s á los labriegos de Abandio me pareció la cosa mas natural del mundo- la tristeza de sus almas era reflejo de la desolación de vSus campos. Lo extraño, lo singular del caso fué el oir á todos culpando de su desgracia á los duendes. No me atreví, sin embargo, á preguntarles por los adiablados duendes, autores de tantos daños, porque cuando hablaban de ello, s, los rostros, siempre plácidos, se arrebolaban con rojez de ira, y yo me ceñía mañeramente á señoriles expresiones de ondolecencia y á despedirme en cuanto daban tregua sus prolijos lamentos. Pero á fuerza de repetir y ponderar el maleficio de los duendes, sentí picazón por saber algo de aquehos hechiceros, embrujadores de campos. Resolví preguntárselo á Sehno, el maestro de escuela en Abandio. Algo vacilante estuve entre acudir á él ó á don Celestino, el señor cura; elegí consultor á Selmo; era irreverente el acudimiento á un sacerdote en caso como aquél de hechicería. Y nna tarde, al oir á los rapaces travesear por la aldea, libres ya de los palmetazos de Sclmo, me avisté con él en su propia morada, aunque de profesor, labriega, porque Selmo dedica al cultivo de los campos el tiempo sobrante en el cultivo de las inteligencias. No es menester decir si los campos del maestro estaban, como todo, s, enruinecidos y lacios. En cuanto entré allí dentro, me sorprendió- la vista de un mosquete arrimado casi a la misma jamba derportón, como guardián alerta; jamás, jan s sospeché yo en Selmo intrepidez bastante para coger arma de fúeoo entre sus manos, sólo diestras en el manejo de azadón y férula. A la vista estaba el arcabuz de cañón y gatillo roídos por la herrumbre, pero de boca ancha y temerosa; no había duda, aqueho se puso allí para espantajo de duendes; pieza tal, nunca se vio en la pacífica vivienda del profesor de primeras letras. Avancé sin arredrarme, por el zaguán telarañoso y entrastado con trebejos do labranza, entre los cuales hacía mala figura él pavoroso mosquete. Detrás de mí entró Selmo, de vuelta de la cátedra. -Mala cosecha, señor maestro, -le dije, para enderezar prontamente la charla hacia mi objeto. -Cosecha de hambre, -respondió mustio. -JY sabe usted, Selmo, si fueron... No rae dejó acabar; sus ojuelos grises echaron sobre el arma u n a mirada fulgurante, sus puños se- ¿Quién crisparon, y no entre labios, sino entre dientes, como si al mentarlos quisiera morderlos, dijo: i hahía ser? ¡los duendes!