Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL VECINO I ÍSTA hoja es del libro de la vida de un a m i g o Es una hoja histórica. No sé quién ha dicho que las c a s a s se parecen á las personas; en los bajos, que son los pies de la casa, vive la g e n t e que anda; en el primer piso, que es el vientre, la g e n t e q u e se a t i b o r r a y en l a s guardillas, que es la cabeza del edificio, la g e n t e q u e piensa. No diré que mi amigo pensase mucl; o, si esto quiere decir poner cara de amohinado, estar serióte y llevarse la mano á la frente; pero, de todos modos, su oficio era pensar. Era músico compositor, entreverado de poeta; era joven y comenzaba la carrera, los cuales eran motivos bien suficientes para que viviese en las guardillas pensadoras con un piano, dos silías, un lavamanos de aluminio, una percha honoraria por lo que pudiera tronar, una estufa con más tubo que carbón, muchos papeles de música, ninguno, del Banco, un ídem de madera, una ventana con dos vidrieras desde donde el que no padeciese de vértigos podía ver un pedazo de París, y un ouen pasar de alegría con fondo de verdor, como alcatifa, para todo su dispendio de esperanzas. Eo peor que tenía aquel cachito de gloria era la vecindad. Gentes trabajadoras que habían de levantarse cuando los gallos de alrededor cantaban las cuatro y sereno, ó nublado, ó nevando, ó el tiempo que hiciese, y que no podían compaginarse con la vida de aquel músico, que ¡ay qué demonio! cuando la inspiración llegaba tenía que sacarles las solfas de lo más interior de sus adentros, y no con bencina ó trementina, sino refregándolas por el piano y armando el gran terremoto. Un día había descabezado un pedacito de inspiración, y hacia las once de la noche, al salir del café, había dicho á dos amigos; -Venid á casa, que quiero que oigáis lo que he pensado. Van, se sientan en las dos sillas, y al cabo de un rato de tocar, ¡pam, pam, pam! en la pared de al lado empiezan á pegar puñetazos. -Ea, 3 a empezamos; ya avisan; ¡qué gente más cargante! ¡Vecinos del demonio- -gi itó, -si no os agrada, dejadlo! Escuchad, escuchad, que ya os acostumbraréis. Hoy tendréis música, aunque reventéis, aunque me eche el casero, aunque... ¡Pam, pam! -Sí, sí; pegad, pegad fuerte; ya perderéis la paciencia. Me parece que esta noche tenéis para rato. Pista bueno que ni viviendo en la, alturas tenga, uno derecho á deseinbuchar la música, con peligro de que se le quede á uno dentro y que le trastorne los sentidos. Ahora viene aquel trozo que os decía. Escuchad la introducción. ¡Pam, pam, pam, pam! -Calla, gandul. ¿Qué, no te gusta lo que toco? Pues espera- -dijo dándole al pedal y tocando un cancán, propio para destrozar el piano. -A ver si eso te agrada y te acostumbras á dormir con música fina. ¡Pam, pam! -Ea, ayudadme. Cantemos todos á una. Ya veréis cómo se callan. Si nos dejamos acobardar, pronto tendremos que salir hasta de las guardillas é irnos á componer en medio del bosque, como los pájaros. ¡Pam, pam! -Gritemos más fuerte. ¡Pam... -Más. ¡Pam! -Ya parece que se entrega. -Callad; ya calla, ya se ha rendido. Pía visto que era inútil y habrá pensado: Durmamos, pues de nada nos sirve. O cambiará de cuarto ó se habrá acostumbrado. El hombre se acostumbra á todo; y si no, j a veréis como éste no golpea más. Y, en efecto, no volvió á golpear. ¿Qué, anoche no sintieron ustedes nada? -le dijo la portera al músico al día siguiente. ¿Por qué. ¿Pues no sabe usted? ¿No se acuerda de aquel buen hombre que vivía en el cuarto de al lado? Le hemos encontrado muerto junto á la pared de usted. Si usted hubiese estado en casa, quizá le habría oído; pero desde la portería, va 3 a usted á oir á los que se mueren viviendo tan cerca de las nubes. Gente así, más valía que no viniera á vivir á estas casas. OANTIAGO DIBUJO O E M É N D E Z B R I N G A RUSIÑOE