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dio- cañón; en el testero, tres arcos triunfales simulan por modo sintético el triple ábside litúrgico. Y como allí, baja la peña, no hay mas techuinbre que ella, formando sobre el altar agreste dosel no exento de grandeza. Más lejos, donde la oueva se ahonda, está el claustro. Sólo dos alas conserva enhiestas; pero las columnillas, los capiteles, donde un cincel monacal labró maravillosas historias sagradas, y las bellas archivoltas, bastan para asignar á este claustro lucido sitio entre los románicos españoles. Algo, además, tiene que lo particulariza; la carencia de techumbre. La rojiza peña avanza y lo cubre. Aún hay sitio en la enorme- f cueva para dos capillas; una de ellas, la de San Victorián, es un ejemplar va V S- lioso de ornamentación gótica. Tal es el conjunto del monasterio; todo es allí trisFRAGMENTO DEL CLAUSTRO te, sombrío, pavoroso. De pronto, en el curso de la visita al cenobio aragonés ábrese una puerta, y nuestros nervios se encalabrinan y los oíos se cierran, bruscamente impresionados por una capilla pseudoclásica, en la rf SEPULCRO. DR T, A NOBLEZA AR. GONE. A que los jaspes multicolores, los blancos mármoles y. los bronces dorados se hacen competencia en abigarradas policromías, en líneas semibarrocas y en puntos brilladores. Es el panteón de los rudos reyes aragoneses, convertido por Carlos III en coruscante estancia. ¡Huyamos ante estas desarmonías artísticas é históricas! Fuera ya, la bravia Naturaleza nos vuelve á los tiempos de Juan de Atares y de Sancho Ramírez. El sol desciende y la sombra se enseñorea de la estrecha barranca. En lo alto de la Peña, una nube negruzca semeja el caballo de Voto, milagrosamente suspendido al borde del abismo; en el fondo surgen en imponente anfiteatro las crestas de los Pirineos, y abajo, muy hondo, murmura el río Aragón viejas historias bélicas, rudos comienzos de nacionalidad. ÁNGULO DEL CLAUSTRO VICENTE E A M P E R E Z