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SMMWELiEiApm) i ALiMOS de Jaca en el coche que hace el recorrido de la antigua corte de Ramiro I á Sangüesa; á la hora de camino paramos delante de la venta de Hscula- holsa (desfondaholsas traducido del naturalista dialecto aragonés) nombre alto, s o n o r o y significativo, que confirma la fama general de tales establecimientos. Un montañés de minúsculo sombrero, anchísima faja morada y abierta alpargata, espera á los excursionistas con sendos mulos. Organizase la caravana y comienza la ascensión. Al principio, el camino es medianamente practicable; pero una vez traspueS to el pueblo de Santa Cruz de la Seros y su vieja iglesia, la vereda se estrecha y empina, los precipicios se suceden, y hay que ir con el Credo en la boca, p u e s en muchos sitios aquélla se interrumpe, sustituida por algunos troncos echados sobre los abismos, y allí es fácil escaldarse, según dice el guía en su pintoresco lenguaje bahirro, que, de puro gráfico, produce escalofríos. Afortunadamente, los mulos conocen, no jrONAPTERIO Viejo ya el camino, sino hasta cada piedra de la senda, y fijan los cascos, con fuerza de garras, en el sitio pi eciso para no resbalar. Por fin, tras dos horas de congojas, llegamos á terreno más amplio. Nos rodea espeso pinar que cierra los horizontes. De pronto desembocamos en un... ¿cótno denominar aquéllo? En el testero y á los lados, se elevan formidables paredones de roca; en el frente, espesa cortina de árboles y maleza intercéptala vista; en el fondo adivínase profundísimo barranco, velado por enmarafiado jaral, y allá en lo alto asoma un trozo del azul purísimo del cielo. Silencio profundo reina en aquel antro, y nos rodea un ambiente de sombra y misterio que pone pavor en el ánimo. ¡Y estamos en un brillante día de Julio! ¿Qué será aquel pozo cuando el Pirineo envíe sus nieves, la peña de Oruel sus nieblas, y por la canal de Verdum se desencadene el vendaval? ¿Cómo concebir que allí, por. voluntario destierro y anticipada sepultura, han vivido seres humanos? En el fondo de la tajada peña, la Naturaleza abrió ancho socavón. Descargaba sobre España la tormenta mahometana, cuando un eremita, Juan de Atares, lo escogió por lugar de penitencia. Muerto en la soledad, yació su cuerpo insepulto. Y cuenta la tradición qué un caballero dé aquéllos contornos llamado Voto, persiguiendo un corzo, se hubiese precipitado por el tajo á no detenerse milagrosamente el caballo en el borde. Reconoció el jinete el terreno y encontró la cueva y el cadáver de Juan de Atares; y tocado de la gracia divina, abandonó el mundo, arrastrando á su hermano Félix á aquellas soledades, donde construyeron una capilla. No mucho después, los semihistóricos y semilegendarios Condes, raíces de los reyes de Aragón, Garci- Ximénez é Iñigo Arista, hicieron de este lugar el Covadonga aragonés. Más. documentada está la fundación en el siglo ix del cenobio famoso, alojado en la enorme cueva por Sancho Garcés. Las glorias monásticas de San Juan de la Peña se suceden en el xi; allí parece que habitaron los primeros monjes cluniacenses que vinieron á España; de su claustro salían los obispos de Aragón; en sus celdas vivió Hugo, legado del gran papa Gregorio vil; en su iglesia se celebró la prirtiera misa del rito romano en España; en su panteón descansaron los reyes aragoneses. De la fábrica material de estos tiempos poco ó nada queda. Sancho Ramírez renovó iglesia, claustro y panteón real, consagrados en 1094. Pero aquel cenobio, que tuvo abad mitrado, 300 pueblos y 60 monasterios sujetos á su dominación, perdió su importancia en el siglo xii. Hoy no es más que una antigualla. Cobijado en la enorme cueva, aparece un edificio mezquino y sin carácter; sólo la iglesia, avanzan- do, muestra algunas líneas artísticas. El primer cuerpo del monasterio contiene las pobrísimas habitaciones conventuales, sombrías é insignificantes. Sálese después á un pequeño patio; en su testero yacen cantidad de personajes aragoneses, sepultados en dos órdenes de nichos, que recuerdan los columbarios romanos, y parecen modelos de nuestros modernos cementerios. Aquello es el ejemplar más interesante que acaso existe de panteón románico. Pasemos á la iglesia. ¡Pobre iglesia, en verdad, para guardar tan grandes memorias eclesiásticas! Una sola nave la forma, cubierta con bóveda de me-