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que parece, complicadísima. La marquesa no podía dormir, la marquesa no podía tomar alimento, la marquesa tenía siempre una opresión grande en el pecho, la marquesa, sentía á la continua dolorosas punzadas en las sienes, la marquesa padecía á cada momento terribles calambres en el estómago. Y para cada angustia, molestia ó síntoma de su mal solicitaba un remedio, una medicina, algún alivio, y el doctor, después de poner disimuladamente en flexión su pierna dolorida á fin de saber cómo se portaba el músculo distendido, agarraba la pluma 3 recetaba sin duelo, echando todo el ejército de la farmacopea sobre los alifafes y quebrantos de la buena señora. El júbilo de ésta era indecible. ¡Ahí es nada haber sujetado una hora al Dr. Expresso, arrancándole además cuatro pócimas! ¡Le hubiese nombrado su heredero! Nuestro amigo se fué cojeando, y la marquesa se crej ó salvada. Poco después, el doctor visitaba al general Betanzos, hombre que poseía una brillante historia militar y una gota completamente civil. ¡Y si fuese únicamente la gota... pero el general, además de exbuen mozo, era un artrítico de todos los diablos, y no había manifestación artrítica que no floreciese en su aparentemente robusto cuerpo. Pero casi se olvidaba de sus males ante el asom- bro de ver al Dr. Expresso fijo en la butaca y estirando de vez en cuando la pierna derecha. ¡IVIil rayos! Ocasiones como aquellas no se presentaban á cada momento. El general gotoso cargó sobre el doctor con todas sus dolencias, y en una hora de batalla le tomó cinco recetas. Cómo sería la lucha, que el célebre médico trató tres ó cuatro veces de levantarse, volviendo á caer rendido en la butaca. En suma, que el Dr. Expresso hizo aquella á su criado: Avisa al Dr. Peláez que me sustituya mañana visitando á los clientes incluidos en esta nota, y á todos aquellos cuyos avisos se reciban. Yo, mañana, no me levanto. -Justo castigo á su celeridad anterior. -Y el doctor pensaba al día siguiente, tendido en su lecho: Vaya, casi me alegro de lo sucedido, por esa pobre marquesa, ese excelente general y los otros dos enfermos que ayer visité concienzudamente. No puede hacer más la ciencia médica por ellos que lo que yo hice. Oí todas sus ob. servacíones, me enteré detalladamente de todo el curso de sus dolencias, afirmé en parte 3 rectifiqué en otra mis anteriores diagnósticos y, sobre todo, acudí en su auxilio con todos los medios de que disponemos para combatir sus respectivas enfermedades. No digo yo que se curen del todo, pero se aliviarán mucho y podrán ir tirando. Y con tan gratos augurios y el dulce reposo (que bien lo necesitaba) pasó el doctor un delicioso día de campo. A la mañana siguiente hizo irrupción el Dr. Peláez en su despacho. Chico, esto es terrible. ¿Qué pasa? Que todos tus enfermos han dado en morirse á un tiempo. ¿Eh? Da marquesa de Montesidón se quedó anoche en un colapso cardíaco. ¿Eh? Pocas horas después, el general Betanzos... ¿Eh? Le mató la gota ó yo no sé qué, como si fuera un rayo. ¿Eh? La señora del banquero Ordóñez, á quien visitaste... ¡Basta, basta, no digas más! Está expiran- do... El Dr. Expresso cayó anonadado en un sillón y ha resuelto abandonar por completo la ciencia médica. Ya no visitará más. H a perdido la fe. -Pero, hombre, esa triste y extraña coincidencia nada quiere decir. Lo cierto es que cuando tarde cuatro visitas de hora á otros tantos enfermos suyos, á los cuales dejó rebosando gratitud y colmados de recetas; y comprendiendo que su distensión muscular, además de algún tratamiento, ligero, exigía reposo, se metió en la cama y dijo DIBUJOS DE MÉNDEZ BKINGA visitaba rápidamente, logró en diversos enfermos curaciones asombrosas. -Lo mismo le argüí yo. y él me dijo levantando los brazos al cielo: ¡No, amigo mío, e. s que entonces indudablemente se curaban solos! J o s é DE ROURE