Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
J JM BURLAS DE LA ViDA Í: XV DOCXO R E R O es cierto que ya no visita? -Ciertísimo. Aconsejó á sas clientes que no enfermaran, y que de enfermar no se acordasen para nada de sus servicios y se marcha uno de estos días al extranjero. ¿A estudiar nuevamente? -Nada de eso. Según dice, á olvidar lo que nabía estudiado. ¡Pero ese hombre está loco! ¿Qué motivos tan poderosos le han podido obligar á deshacerse de una clientela numerosa y rica? ¿Por qué tira por la ventana una reputación sólida? ¿No es joven aún? ¿No puede todavía trabajar sin esfuerzo, adquiriendo una fortuna considerable? -Claro que sí. -Entonces, ¿qué le ha sucedido? -Perdió su fe en la ciencia. -Pero si todo el mundo cree en él. ¡Si era ei médico de moda! -Ahí verás. ¡Cuántas alabanzas y cuántos elogios su 3 os he escuchado yo desde hace algunos años. Solamente decían que visitaba á los enfermos demasiado deprisa, que sus visitas eran verdaderas visitas de médico. Al enfermo que más, le concedía cinco minutos, pero esta rapidez acreditaba su golpe de vista y lo numeroso de su clientela. -Sí; y le llamaban el Dr. IJxpresso. -Es verdad, pero iba para tren de lujo. En suma: que no lo comprendo. ¿Quién será ella? -No, no es cuestión de faldas. Ya que tanto te preocupa el caso, te contaré los motivos que ha tenido el Dr. Expresso para renunciar á la profesión, tal y como él me los ha referido. Oye, que la cosa tiene cierta gracia, aunque gracia u n tanto fúnebre. Verás. El mismo doctor se reprochaba á sí mismo muchas veces la celeridad de sus visitas. No podía vencer su temperamento nervioso y expeditivo. Algún día, pensaba, por esta maldita K; XFE. E: BSO costumbre, voy á matar á un enfermo equivocando su diagnóstico y, por consiguiente, su tratamiento. Mil y mil veces decidió visitar con más calma y espacio, enterándose al menudeo de todos los síntomas y de todas las preocupaciones que sus clientes quisieran exponerle. Pero ¡quiál, llegaba á la alcoba del enfermo, le miraba, recetaba, y fuera. Tampoco recetaba mucho, naturalmente, según él, porque no es necesario; según los enfermos, porque no tenía tiempo. El caso es que bien por su admirable golpe de vista clínico, bien porque le acompañase la fortuna, alcanzaba curas notabilísimas. -Todo iladrid lo dice. -Bien; pues hace dos semanas salió una tarde en su coche como de costumbre, á visitar á unos cuantos clientes que tenía en tratamiento. Al apearse el doctor delante de la casa del primero (la marquesa de Montesidón) resbaló su pie del estribo del carruaje, y á poco va el famoso médico al suelo. No cayó, sin embargo, porque merced á un violento esfuerzo consiguió mantenerse en equilibrio, pero no sé qué músculo de su pierna derecha sufrió una distensión dolorosa. Cojeando algún tanto llegó nuestro amigo á la alcoba de la marquesa, infeliz señora, ya entrada en años y más entrada en achaques, quien le recibió, como solía, con las srg- uientes palabras: Antes de que se marche usted, doctor... Sentóse éste en una butaca y aminoróse el dolor de su pierna. Transcurridos en rápidas preguntas y respuestas los cinco minutos escasos de ritual, fué el doctor á levantarse y despedirse, pero un agudísimo dolor del músculo distendido le obligó á caer de nuevo en la butaca. Ea marquesa que vio sentado otra vez á su médico, sin tratar siquiera de conocer la causa, del fenómeno, decidió aprovecharse de él y comenzó á referirle con verdadera ansia todos los detalles, aspectos y angustias de su dolencia, dolencia, á lo