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IvOe MIDOS o son los nidos símbolos del amor: son el misino Amor. Bl los construye, él los calienta, él los alegra... Y cuando el amor huye bajo las alas inquietas de los que por él nacieron, los nidos abandonados, como las almas solitarias, se deshacen en el inmenso desamparo de la Naturaleza. Son producto de un mandato de vida universal, como la flor y el fruto de los árboles; como la caricia del sol; como la fecunda actividad del viento; como la frescura eterna de las fuentes. Todas las cosas creadas se desperezan en ese amoroso despertar de la primavera. ¡Ah, tiempo admirable, juventud universal, por los que es continuado é infinito el vivir! Mi amado habló y me dijo: Levántate, oh compañera mia, hermosa mía, y vente. Porque ha pasado el invierno y se fué la lluvia. Iíánse mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción, es, venido, Así se anuncia la primavera, llena de luz y de amor, en él más grande y. duradero de los cantares. La voz de la tórtola es el himno de los nidos habitados, del amor puro é ingenuo. El campo está henchido de arrullos, de quejas, de canciones no enseñadas ni aprendidas, vibrantes de pasión y de ternura. Hay como un ansia infinita de poner alas en todo: alas en los gusanos, alas múltiples en los insectos, alas en las flores, hojas en los árboles... Y todo ese niúndo alado, rumoroso, relampagueante de vida y de color, forma el concierto de la fecuiididad, de la. renovación y de la belleza. El nido no es el capullo labrado por la unidad solitaria, azuzada por un instinto de perfección egoísta. No es la obra del triste, ni del solo, ni del separado... Es la obra placentera y común de amores correspondidos, de voluntades concertadas, de sacrificios sumados, de aspiraciones cumplidas. Para hacer un nido se necesitan dos: los dos universales elementos de la creacióA. Por eso está abierto á la luz y á los aires, y todas las caricias de la vida le acompañan. ¡Qué pena destruir un nido! -jQué crueldad desbaratar y hacer estéril la obra del amor, alma del mundo ¡Qué inmensa barbarie atentar contra el manso refugio de seres inocentes que se anian, que gozan, que sufren, que son capaces de sentir en grado altísimo las punzadas del dolor y el desamparo! ¡Y qué inquietud en los nidos cuando se acerca el hombre! ¡Ah, vida infinita, vida misteriosa! Todo va á compás en ella, como regida al fin por una eterna unidad tan grandiosa como inmutable. Hay en la tierra flores, en los árboles frondas, en las aves arrullos, en los cielos alegría, en las almas amor, juventud en el mundo... Después, semillas en las plantas, fruto en los árboles, prole en los nidos, madurez en todo. El amor ha realizado su obra. La vida sigue... Más tarde, la tierra se desnuda; los frutos desaparecen; las frondas vuelan; las proles se dispersan... Toda la desolación y la tristeza, el dolor y el desamparo de las cosas irremediables se concentra en esos nidos vacíos, que quedan para que las inclemencias los destruyan. Allí hubo amor, hubo dichas, hubo corazones, hubo canciones de amor y de ternura. ¡Huho! ¡Qué palabra tan desgarradora! Es la que pronunciamos todos los seres, á poco que se ande por la vida. ¡Huho! Y habrá. Será todo lo triste que se quiera, pero es consolador y admirable pensar que, cuando nosotros no ieamos, después y sieuipi- e, habrá amor, habrá nidos, habrá vida... Qué somos ni qué importamos? Días, años, siglos, todo es igual. Siempre habrá un amador que llame á las puertas de su amada diciendo: ¡Levántate, oh compañera mía, hermosa mía, y hagamos. el nido: porque hanse mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha llegado, y en nuestros collados arrulla la tórtola! D I B U J O DE R E G I D O R J O S É NOGALES