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DON FRANCISCO SILVELA A fortuna loca, gran íavorecedora de las aprovechadas medianías, no sonrió jamás á este hombre agudo, elegante, refinado, á este hombre dubitativo y desdeñoso que, de ser griego, hubiera nacido en Alejandría, y de ser romano, en Córduba. Ni en el vivir ni en el morir ha tenido suerte don Francisco Silvela: esa suerte que á veces en un arranque lleva á las maj ores alturas á un hombro falto de talento, sobrado de audacia y de eso que suelen llamar carácter, valor el más subido y el que mejor se cotiza en nuestra política actual. No: D. Francisco Silvela, hombre de talento sutil, de castiza finura, de reposado sentir, de inquieto pensar, no era lo que se dice un carácter. No era como esos personajes de las comedias antiguas, fe- roces y crueles en el primer acto, sanguinarios y terribles en el último, de esos que gustan á la gente y á la crítica vulgar. Era el suyo un espíritu escogido, era él un gran despreciador, como ese otro ilustre escritor cuya mirerte lamentábamos hace pocos días; Silvela era en la política lo mismo que D. Juan Valera en el arte literario; un clásico, un enemigo de los arrebatos pasionales, un hombre correcto, ante todo. Pero le diferenciaba de Valera, y aun de todo pensador y de todo hacedor amante del clasicismo, una especie de inquietud, una sombra de desconfianza en sí mismo y en los demás, que amargó grandemente su existencia. Ese retrato que Franzen le hizo no ha muchos años, y para el cual D, Francisco mismo se colocó en una actitud suya favorita, es una acertadísima expresión plástica de la psicología de este hombre singular. D. Francisco está de pie, como quien no es amigo de las estabilidades regalonas, de los dogmatismos tonantes arrellanados en una butaca, imperando tras una grande y solemne mesa de despacho. D. Francisco estaba siempre dispuesto á marcharse, á abandonarlo, á dejarlo todo, por muy grande que fuese. D. Francisco tenía resolución principalmente para eso, para apartarse, para retirarse, como el filósofo de la Epístola moral; para romper los lazos que le ataban d cuanto simple amó. Mas (véase cuan complicada naturaleza la de este hombre, nuestro último político fino) al mismo tiempo, en el momento de partir, de romper, de apartarse, dulces remembranzas, gratos afectos le M Fot. Franxen LA CA. SA DEL SR. SILVELA detenían. Esta es la actitud del retrato: de pie, dudando, acariciándose filosóficaniente la barba, no sabemos si escéptico, no sabemos si ecléctico. Y; sin embargo, este hombre, en ocasión solemnísima, gravísima: para la Patria, cuando aún Cánovas estaba vivo, pronunció una palabra luminosa, una palabra que sólo el civismo marmóreo de Pi y Margall había osado proferir: la palabra liquidación. Acaso aquel fué el momento decisivo de su vida. Le faltó la voluntad, le faltaron las circunstancias. No hubo liquidación: es decir, la hubo, fué el desastre que aún lloramos. Después, ya desengañado del Poder, pronunció aquella otra frase famosa: sin pulso, resumen elocuente de una convicción tristísima. Silvela es un triste ínás que se marcha. Triste y desventurada ha sido su muerte. Descanse en paz. E N E