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-Alfonso, te revelé mi secreto á condición de que lo callaras. Me prometiste hacer como si no lo hubieras oído, olvidarte de él. No lo has olvidado, puesto que lo estás mentando. Te recuerdo tu palabra. -Es verdad- -dijo Alfonso sonrojándose, y cortó secamente la conversación. Alfonso quedó solo, triste, abatido. Le remordía la conciencia. -Yo no debo- -pensaba, -no debo consentir lo que está pasando. Estoy obligado por el cariño, por la caridad, á contener á ese loco; hasta á decir á su mujer lo que ocurre, si no hay otro recurso, para que se ponga en guardia, para, que evite no ya la falta conyugal, sino la riiina de su casa, la miseria de sus hijos. Ea conciencia me lo manda. Pero ¡ah! mi palabra de honor me lo veda. Un año después, Alfonso halló á la mujer de Raimundo. ¡Dichosos los ojos que la ven, Teodora! ¿Qué es de su vida? -Efectivamente, se me ve poco; estoy algo retirada d é l a sociedad. -De la sociedad, de los teatros, de los paseos, de todas partes. -Como si estuviera de luto, ¿no es verdad? -Lo parece, aunque, por fortuna, no lo sea. -Pues lo parece y lo es. Estoy de duelo por desgracias de otro linaje. Supongo que mi marido se i lo habrá contado. -Nada. No lo veo tampoco. -Se lo diré yo; no debe de ocultarse á un amigo tan íntimo como usted. Hemos sufrido grandes mermas en nuestros bienes. Hasta los míos están hipotecados en su ma 3 or parte. Sólo nos queda lo preciso para vivir. En fin, amigo mío, un desastre. ¡Qué horror, qué horror! Alfonso se separó de la atribulada Teodora, y al volver la esquina se echó á la vista el lujoso coche donde iba Juanita Campos. El noble corazón de Alfonso se encendió en ira. Sintió impulsos de- detener el carruaje, arrojar de él á Jua nita y entregárselo á Teodora, en la cer- teza de que aquel coche era suyo, costeado con el dinero que la infeliz ahorraba andando á pie. Avistóse aquel mismo día con Raimundo, y le afeó severamente su proceder. -Sobre engañar el amor santo de Teodora, abusas de su credulidad fingiendo negocios, empresas y jugadas de Bolsa en que pierdes el capital. Y ella lo cree, porque te adora, y el cariño es crédulo. Voy á decírselo todo para salvar algo. No puedo en conciencia encubrir tus infamias. -Puedes hacer lo que quieras, pero no harás lo que debes á tu honor. Me diste tu palabra de olvidar mi secreto. -La cumpliré ó no la cumpliré- -dijo Alfonso separándose de Raimundo. Pero, desdichadamente, la cumplió. Y siguió viendo callado cómo los acreedores se llevaban los bienes hipotecados por Raimundo, y cómo su amigo del alma rodaba de tumbo en tumbo al precipicio. Ya Raimundo había dejado su lujosa morada, y vivía estrechamente en una casuca que no hubiera tenido antes ni para sus criados. Una tarde, Alfonso halló á Juanita Campos. Ea mujer elegante y comodona iba á pie, no bien vesDIBUJOS DE MÉNDEZ BRIKGA tida y cargada con varios paquetes de géneros que acababa de comprar. ¡Cuánta mudanza desde que no nos vemos, querido Alfonso! -se adelantó á decir Juanita como para explicar aquella modestia. -No siempre la suerte está de cara. Hemos sufrido pérdidas grandes. Hasta he tenido que suprimir el coche. Y crea usted que lo siento, más que por nada por mi marido. -Consuélese usted. El quizá no deba lamentarlo. Y Alfonso pensó así: Cuando Juanita ha suprimido el coche, Raimundo ha suprimido hasta la carne en su mesa. Y fué á visitarlo. No se engañaba. No ya la carne, sino hasta el pan se suprimía algunas veces en aquel hogar desabrigado y casi sin muebles. Teodora vestía pobremente; sus hijos enseñaban los pies por los agujeros de los zapatos. Rai mundo había desaparecido de España por no soportar la humillación de la miseria. Alfonso, sin poder reprimir las lágrimas, entregó á Teodora una regular suma de dinero, que ella aceptó con gratitud. -No se la devolveré nunca. jHe sido muy desgraciada! Y mi mayor desgracia fué mi ceguera. Si hubiera conocido la conducta de Raimundo, no le habría autorizado jamás para vender lo que era mío, y tendríamos todavía coche. No hubo un alma caritativa que me avisara. Ni ante esta queja amarguísima, ni en aquel instante de angustia suprema y de remordimiento punzante faltó Alfonso á su palabra de callar. Y por callar había dejado hundirse á una familia y deshonrar á un amigo, el marido de Juanita. Y á su vez, Raimundo, por la vanidad del honor, dejaba perecer á sus hijos, á quienes pudiera sustentar con su trabajo. Ambos eran dos caballeros perfectos, dos hombres de honor inflexible. ¿Eran, igualmente, dos hombres honrados? ¿Qué vale más, el honor ó la conciencia? EuGijNio