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El honor contra la conciencia LFONSO y Raimundo eran dos caballeros sin tacha, vastagos puros de la antigua cepa. Habrían roto sus propias venas antes que romper la fe de sus promesas y de su palabra. Una mañana Raimundo entró en la casa de Alfonso. Llevaba el rostro desencajado, la voz balbuciente, y toda su persona descompuesta y abatida. ¿Qué te sucede? -Una cosa gravísima. Un caso de honor. -Pero ¿tiene remedio? -Si tú quieres. -Pues se remediará; tranquilízate. Sosegado con tan buena e. speranza, Raimundo habló después, de un largo silencio: -Te he dicho caso de honor, y lo es por el aspecto más sucio que pueda tomar ese noble sentimiento. Cuestión de dinero. Ya ves, ¡el dinero elevado á la categoría de honor! ¡El mercachifle armado de caballero! ¡Asqueroso, asqueroso! -No te exaltes. Veamos: ¿qué es ello? ¡Me avergüenza el decírtelol Y tengo que decírtelo para que veas la enormidad de mi apuro. Pero á condición de que me des palabra de honor de guardar el secreto. -Te la doy. -Pues bien, Alfonso, yo tengo una amante. La conoces, la tratas, la respetas. ¿Yo? -Tú; te confesaré todo, puesto que el secreto no ha de salir de ti. Además, me parece caballeroso puntualizar el nombre para que no pienses mal de todas las mujeres que tratas. Sálvense á lo menos las inocentes. Es Juanita Caiupos. ¡Juanita! ¡Nunca lo hubiera creído de ella! -Pues Juanita está arruinándome. Es vanidosa, le gusta el lujo, gasta como una princesa. -Creía que era rica; todo el mundo lo cree. -Lo fué. Hoy no tiene una peseta. Y sus trenes, su boato... -Salen de tu bolsillo. -Y para que n. ii mujer no se entere de mi falta y de mis desembolsos, adquiero deudas personales bajo la garantía de mi crédito, firmo pagarés y letras. Mañana vence una, y no tengo fondos. Ya ves, querido Alfonso: ¡una letra, una letra protestada; mi firma por el suelo; mi honor comprometido! -Gravísimo, en efecto. -No encuentro más salvación que la de tu amistad. ¿Y cuánto, cuánto? -Veinticinco mil pesetas. -Ven mañana por ellas. Sálvese tu nombre. Te he dado mi palabra. -Y también de guardar el secreto. -Como si yo no hubiera oído nada; desde este momento lo olvido para siempre. Vete tranquilo. Raimundo era otro hombre al salir de la casa de su amigo. Le había vuelto el alma al cuerpo, el color al rostro, la seguridad á la voz, el reposo á los nervios. Al día siguiente recogió las veinticinco mil pesetas y con ellas la letra comprometedora. Pero ¡ay! la salvación fué momentánea: no pasó de un respiro en el camino fatigoso por donde Raimundo iba derechamente á su perdición 3 ruina. Los gastos continuaban y los apuros volvían cada vez con mayor opresión. Juanita, el ángel de cabellos dorados, quizá para representar en lo exterior de su cabeza el color de sus pensamientos metalizados, le tenía envuelto en su malla de amor irresistible. Juanita tal vez le amaba también, pero le arruinaba sin compasión. Las mujeres de su especie aman al hombre, pero aman antes su propia vanidad. Raimundo visitó de nuevo á Alfonso dos meses después de la visita relatada. -Vengo para traerte tu dinero. -No te lo he pedido. -Por lo mismo me urgía más devolvértelo. Me lo entregaste sin admitir documento ni recibo que lo resguardase. Bajo mi palabra. -Y esa es la escritura más fuerte entre caballeros. -Y por serlo me traía impaciente y desasosegado hasta cumplírtela. -Me alegro de la devolución solamente porque me prueba que andas sobrado de dinero. -Peor que antes. Pero he redondeado mis malos negocios. Para extinguir mis deudas y pagarés sueltos, que sumaban bastantes miles de duros, he vendido la gran cantidad de valores públicos que tenía pignorados. -Eso es una locura. -Pero este era el medio único para que mi mujer no se enterara. Si toco á las propiedades iniuuebles, tendría ella que intervenir porque son suyas, de su aportación matrimonial. -Raimundo, eres un insensato. Quiero mucho á tu pobre mujer, es muy buena, una santa. Quiero á tus hijos. Me dan lástima, tenia tú también; mira por ellos. Esa Juanita está perdiéndote, déj ala.