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SAN FRANCISCO DE ASÍS. P R O P I E D A D D E L SEÑOR B E R U E T K -Entonces- -dirá alguien- ¿es que Zurbarán no tiene personalidad artística resuelta y clara? -Sí, la tiene, pero no hemos de buscarla en los cuadros más aparatosos, ni en los más célebres; no en esa ampulosa concepción un poco oratoria de la. Apoteosis ó Trhmfo de Santo Tomás de Aquino, que admiramos en el Museo de Sevilla; ni tampoco en la Visita de San Bruno á Urbano II, á pesar de la portentosa finura de ambas cabezas. No la busquemos tampoco en esos tres cuadros de éxtasis que en esta Exposición figuran, y que parecen compuestos según receta invariable: la Porcníncttla de San Franeisco, San Brtmo en oración y El beato Alonso Rodríguez, aun siendo este último, á trozos, una obra de viril arranque. I as glorias de Zurbarán no nos convencen, ni son tan sutiles, vaporosas é ideales como las de Murillo, ni tan brava y fieramente extravagantes, tan sobrehumanas como las del Greco, á las que ea algún m. odo se asemejan. Donde se ve patente, fina, castiza, manifiesta la personalidad de Zurbarán, no es precisamente en las grandes composiciones, para las cuales le faltaba la amplitud de criterio, sino en esos cuadros de una sola figura, que son lo mejor de cuanto se ha expuesto en el Museo del Prado. Fijaos señaladamente en los cuadros pequeños del Museo Provincial de Cádiz, y sobre todo en El Cardenal Nicolaus y en el santo mártir cartujo que tiene el corazón en la mano. Un técnico os dirá que esos paños de lana blanca son insuperables en cuanto á la ejecución; los que no somos técnicos, afirmaremos que haj en estas figuras una seguridad de concepto, una sinceridad de sentimiento á que sólo se llega cuando se pinta, como dijo el otro, con la voluntad. No hay aquí rebuscamiento ni exageración, no hay violencia alguna ni efectismo y, sin embargo, la convicción más profunda se apodera de nuestro ánimo al ver esa figurita arrobada del cartujo que ofrece su corazón limpio, seco, ardiente, sin que la sangre salpique la blancura de sus hábitos. Pero aun esto es poco; de mayor belleza son todavía las tres santas de Zurbarán, tal vez pintadas con el mismo modelo ó con el recuerdo ideal de un modelo á quien el autor debió de amar locamente; Smita Inés, la garrida virgen que sostiene con la mano izquierda rn tierno é inocente corderillo y con la diestra una hermosa palma; Santa Casilda, la hermosa y noble dama de regia vestidura, de manos adorables, de majestuosa actitud; y en fin, la dolorosa, la extática, la suplicante Santa Catalina de Siena, coronada de espinas, llagadas las manos como las de Cristo, los ojos en el Crucifijo, el abierto devocionario delante, de cuyas hojas se ha desprendido el amor en palabras que ya no suenan en los oídos de la santa, pero que envolvían sentimientos flotantes ahora en su alma escogida, ya ajena á las cosas de este mundo. Este mismo sublime sentimiento notamos en el San Francisco de ASÍS expuesto por el Sr. Beruete, y en algunos otros cuadros, todos de asunto místico, todos de una sola figura. Zurbarán era un monologzdsta. Esto es, á nuestro entender, lo que hace de Zurbarán no sólo m gran pintor, sino un pintor dis to de todos los demás. N. L. Oí ET. -BR. TO DOMINICO ENRIQUE SUZÓN. DEL MUSEO D E SEVILLA