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sentándose en el espacio, encendió un cigarro y siguió sonriente. -Ustedes me dirán en qué puedo servirles. Estoy á sus órdenes. Mas como la estupefacción liabía sellado las bocas de los primates, sólo el escribano, recobrando algo sus bríos y hablando en impersonal, pues no encontró otro tratamiento para dirigirse á un interlocutor tan extraordinario, murmuró confusamente: -Pues... pues se quería saber la razón de cuanto ocurre aquí. Pues... se desearía alguna explicación. Entonces, el hombre volante sonrió y dijo: -Si no es más... Cuanto sucede aquí es muy sencillo. He trastrocado los elementos. Me explicaré. -Y con tono de conferenciante, siguió: -El mundo todo se compone de moléculas idénticas, que si nos parecen distintas es porque se. combinan de infinitos modos, ocultándose con apariencias varias y engañosas, ha fingida destrucción de los cuerpos muertos lo prueba. Ni un átomo de ellos se desperdicia, pues todos siguen viviendo con diversidad de vidas. Así, el aire de hoy fué agua ayer, mañana puede ser tierra y pasado fuego, para volatilizarse después y tornar otra vez al aire. -líl doctor chupó el cigarro y continuó. -Por eso yo concreto mi sistema en dos axiomas: lo distinto es idéntico y las formas de la Naturaleza son caretas de un mismo rostro El descubrimiento de tal teoría me impulsó á llevarla á la práctica, pensando que si todo era idéntico se podían trocar las cualidades de los elementos, modificando las condiciones de su génesis. Así, la tierra adquiría la fluidez del aire, éste la solidez de aquélla; el agua y el fuego vivirían como buenos hermanos, prestándose, sin lamentables antagonismos, sus higiénicas dotes. Para conseguir mi intento, abandoné Madrid y sus tumultos, y vine á este pueblo, donde ahora empieza á realizar mis anhelos. Hasta ahora sólo he podido cambiar alguna, no todas las condiciones de los elementos. Les he vacunado, si me permito tal símil, inyectándoles propiedades de que carecían. Como mis experiencias van por buen camino, dentro de algún tiempo las tierras todas de Requejar se liquidarán primero como la de este jardín, y luego se volatilizarán, haciéndose impalpables como el aire antiguo. A éste le solidificaré hasta los límites atmosféricos; los hombres le respirarán masticando y podrán pasear por las nubes como por el más llano camino. El agua no necesitará de lumbre alguna para cocer y producir vapor, pues para ello bastará inj- ectarle el poder ardiente de la llama, y éstas, vacunadas por el virus del agua, sólo quemarán lo que el hombre permita. La humanidad será dueña de los elementos y no su esclava. La edad de oro empezará, ¡qué digo. ya ha empezado. ¿Tengo ó no razón? Mas aquella pregunta no obtuvo más respuesta que el silencio. Luego, el escribano cuchicheó un instante con sus amigos y dijo al doctor que les dispensase y que les diese su venia para retirarse. González la concedió; y mientras desde su aéreo trono les contemplaba marchar, el aire aún solidificado del todo que rodeaba á los primates se movió un poco, y á su aliento la tierra líquida meció blandamente sus ondas, que palpitaron leves bajo la sombra de la noche que llegaba. III Los prohombres de Requejar tuvieron aquella noche terribles sueños, y en ellos contemplaron sus tierras transformadas en espumas que el arado no podía surcar. Luego, aquellos terrones líquidos se alzaban ligeros y desaparecían por el aire. Tras ellos subían también los propietarios, y la pesadilla les mostraba sus contrafiguras anhelantes, angustiadas, trepando de nube en nube. Un sudor frío cubría el cuerpo de los desdichados y la angustia les despertaba. Pero la vigilia les proporcionaba más tristezas: pues recordando lo visto en el jardín, los primates se estremecían, y del prodigioso descubrimiento del doctor González sólo apreciaban la evaporación y extravío de los sembrados, viñas y huertas, y todas las ventajas de aquella revolución se ocultaban. El miedo á ser desposeído de lo suyo trueca al propietario en animal peligroso. Esto sucedió en Requejar. Poco á poco, el pánico de los primates se extendió por el pueblo todo, cristalizándose primero en ansia de defensa, después en rabia reconcentrada y, al fin, en deseo de crimen. Este deseo creció rápido y se enseñoreó del vecindario, impulsándole al asesinato de aquel hombre que pretendía trocar ia sacrosanta tierra, siempre tranquila y estable, en aire vagabundo y tornadizo. En el proceso de aquella enfermedad colectiva hubo dos ó tres días de calma, y durante ellos el pueblo reposó con amodorramiento de calentura. Luego, un anochecer, hormiguearon sombras entre la obscuridad del crepúsculo, y algunas llegáronse á la casa del doctor. La puerta estaba entornada. Las sombras entraron, sigilosas, recortando la luz del farol del zaguán, con erguidos cañones de escopetas. Después el farol murió, se oyó la voz del doctor González que preguntaba y el ruido crepitante de una descarga que respondía. Por el portalón brotó u n torbellino de humo, azuleando en la penumbra del atardecer. Todo quedó en silencio un instante, y la voz sonó otra vez más débil, interrogante to- 3 de un pistoletazo resonó como contestación j de la casa las sombras, y durante el resto de la noche reinó el reposo. Se supuso, nunca pudo averiguarse otra cosa, que el Oj üos y el 7o rcío, célebres bandoleros, habían sido los asesinos del descubridor, y tal suposición influyó bastante para que los ahorcaran. En cuanto al doctor González, cayó en el olvido como una piedra en el mar. No dejó herencia ni herederos; así es que nadie se preocupó de él. Le enterraron en el cementerio del pueblo una mañana otoñal, tranquila y dulce, y al caer sobre su caja los grasos terrones del camposanto, parecieron resonar, gozosos de su triunfo, de su eterna pesadez maciza, bajo la cual sepultaban para siempre al hombre audaz que quiso tornarlos imponderables y vagorosos. LEMA: MELCHOR (NÚMERO 43 DE XUESJKO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS) DIBUJOS DE REGIUOK