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II Los sticesos antedichos infhíyeron tatito en el ánimo de D. Nicomedes y en los de algunos otros primates de Requejar, que dichos señores acordaron verse con el doctor González y pedir explicación de hechos tan misteriosos, y una tarde, siguiendo el parecer del escribano, hombre resuelto, los prohombres fueron á casa del doctor, y pasando por el zaguán obscuro se colaron por una puerta que se abría al jardín, imaginando encontrar en él á su dueño. El jardín era grande y estaba muy descuidado. Los árboles entremezclaban sus ramas, y los rosales, celindas y otros arbustos habían invadido el paseo, en cuyo centro se alineaban algunas losas de granito, formando una cinta de piedra. Sobre ellas comenzaron á andar D. Nicomedes y sus amigos en busca del doctor. Según caminaban, repararon que por la tierra del jardín no corría ningún insecto, y que ni hojas secas, ni ramillas caídas, manchaban la arena. Por todas partes reinaba una limpieza absoluta, extraordinaria, en paraje tan descuidado. A más, la tierra tenía una apariencia ligera, casi fluida, que la prestaba singular carácter. D. Nicomedes, que había reparado en todo ello, iba á comunicarlo á los demás, cuando al llegar á una plazoleta, un hecho sencillísimo detuvo á la comitiva. Frente á los prohombres de Requejar, al otro extremo de la plazuela, se alzaba un hermosísimo castaño de India, cupudo, de espeso ramaje, donde se apretaban las hojas recortadas y fuertes. De trecho en trecho, entre el follaje obscuro, palidecían las erizadas bolas de los frutos. De pronto una esfera de aquellas se desprendió desde lo alto del árbol y bajó hacia el suelo, pero no despeñándose precipitada como correspondía á su pesadez, sino flotando cual una aérea poínpa de jabón. Los ojos de los primates siguieron atónitos el descenso de la castaña, y aunque estaban muy abiertos, se abrieron más al ver Cjue el eiizo, al llegar á tierra, desaparecía en ella, levantando un á modo de espuma liviana y burbujeante. Aquella agitación se extendió en círculos concéntricos por toda la plazoleta, arrugando su superficie como si fuese el agua mansa de un estanqtie. Luego, poco á poco, los círculos se fueron debilitando, confundiéndose, y al cabo se aquietaron del todo. En cuanto á la castaña, había desaparecido, sorbida por aquella extraña tierra. Entonces el escribano no pudo contenerse. Al impulso de su alma turbulenta, atropello á dos ó tres amigos, y corriendo sobre las losas de granito, fuese hacia el lugar donde la castaña había caído, mientras los demás primates le seguían más despacio. Y así vieron cómo el escribano, al abandonarlas piedras para acercarse al sitio donde el fruto se había hundido, hundíase también, levantando un monte de arena y de guijarros, que saltaron hasta D. Nicomedes y sus amigos. Cuando éstos pudieron abrir los ojos, cegados un instante por la tierra, contemplaron al escribano hundido en el suelo hasta el cogote y agarrado convulsivamente al borde de las losas como á un madero salvador, mientras grandes ondas agitaban la superficie de la plazoleta y, zarandeando á lo lejos el sombrero caído, rompían contra las losa, s, inundándolas de chinarros menudos. ¡Socorro! -clamó el escribano. ¡Una mano, por favor! A tales voces acudieron todos. En su ardor filantrópico; D. Nicomedes apoyó un pie en aquella tierra traidora y lo retiró estremecido. ¡Señores! -dijo muy pálido, -ojo con este suelo. Parece agua. Atendiéndole, sus amigos se afianzaron en las losas, y así extrajeron al escribano, quien al salir arremolinó otra vez la arena, produciendo aquellas oleadas- extravagantes. El salvado recogió é hizo suyas las palabras de D. Nicomedes. Es agua, agua color de tierra, con apariencia sólida... ¡qué sé yo! Semejante aserto detuvo á los señores, quienes se apretaron sobre las losas como náufragos en balsa. ¡Agua! -repitió otro de los primates. -Aquí todo parece lo que no es. El mismo aire se espesa y... Entonces repararon todos que el aire parecía más denso según se adelantaba por el jardín, y que aquella- misteriosa condensación oprimía los movimientos, prestándoles calma y dignidad forzadas. Semejante freno inquietó á los primates, quienes iban á retroceder, cuando súbitamente y de la manera más teatral é inusitada que se ha mostrado jamás hombre alguno á sus semejantes, apareció en el fondo de un sendero el doctor González, llegándose á sus visitantes. Pero no venía hacia ellos de manera vulgar, sino que se acercaba andando por el aire, mejor dicho, descendiendo como si bajase una suave rampa. A dos palmos del suelo se detuvo y saludó á los prohombres, quitándose un gorro algo grasicnto, que se volvió á poner, excusándose amablemente. -Me permitirán que me cubra, pues me acatarro en seguida. -Hubo una pausa, y luego el doctor,