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T i r? w f: El prodigioso desciiMiniento del doctor González A la. s cinco de aquella tarde de Agosto, D. I Iicomedes salió al corral para echar de comer á las palomas. Una vez fuera, las descubrió blanqueando, sobre el fondo amarillento de los rastrojos. Más allá, en el confín del cielo, una masa tenebrosa de nubes amenazaba con próximo turbiófi; Contemplando la mancha blanca, D. Nicomedes murmuró: Están en las eras del Remendao. Luego introdujo los dedos en la boca y silbó agudamente. Al pitido, las palomas se levantaron arremolinadas, cruzaron los secos campos, subieron por cima de los olmos de la Rectoral, se aproximaron más, y D. Nicomedes pudo ver que el palomo zurito capitaneaba el bando. Con gran ruido de alas se aproximaron las aves, y sólo les quedaba por franquear el vecino jardín del cloctor González, cuando se produjo un hecho que dejó estupefacto á D. Nicomedes, quien vio á sus palomas refrenar primeramente el vuelo sobre los árboles y permanecer después suspendidas en el espacio, cerradas las alas y quietas, como si reposasen en alguna superficie sólida. El terror sustituyó al asombro é hizo á D. Nicomedes retroceder, mientras instintivamente volvía á silbar. Escuchando á su amo, las palomas se esforzaron en ir á él, pero un ob. stáculo invisible las detuvo. Entonces D. Nicomedes dio un grito, corrió y se metió en su casa, participando allí suceso tan portentoso á su mujer, á sus cuatro hijas y á las domésticas. Seis ó siete cabezas femeninas aparecieron por. las ventanas para asesorarse de la verdad del hecho; después se oyó confusa algarabía, y apoco, medio vecindario contemplaba desde la calle las palomas detenidas sobre el jardín del doctor González. Los volátiles, objeto de la pública curiosidad, trataron varias veces de seguir su vuelo, sin lograrlo. Al fin, el palomo zurito empezó á retroceder lentamente sin entreabrir las alas y como si anduviera por tierra firme. Los curiosos notaron qvie á poco de iniciar este movimiento retrógrado, el- zurito aleteaba algo, y que cuando traspasó la tapia del jardín, voló gozoso. Mas escarmentado por la experiencia, no intentó atravesar el verjel, sino que ascendió verticalmente, cual si siguiera la línea recta de un muro infranqueable, continuador invisible de la tapia. Así llegó á bastante altura. Entonces cruzó rápido sobre el jardín y se refugió en el palomar. Las otras palomas siguieron su ejemplo, y unas antes y otras después, retrocedieron para emprender la misma ascensión rectilínea, que parecía limitada por recia pared. A poco, sólo quedaba del bando una pluma blanca que, estacionada sobre el jardín, prestaba con su quietud extraña, veracidad á lo sucedido. Esto es un milagro- -dijo una vieja. -El Espíritu Santo que ha venia á Requejar; mientras, los otros vecinos menos crédulos murmuraban sobre el doctor González, sobre aquel extranjero misterioso y callado, de quien nadie sabía nada. En éstas, la tormenta que amenazaba desde hacía rato estalló furiosa. Rodó un trueno, y el viento levantó briznas de paja, papeles viejos y remolinos de polvo. Una ráfaga zarandeó á los curiosos, pero al llegar al jardín del doctor González no lo cruzó, ni inclinó sus árboles, sino que haciendo como las paloinas, elevó su torbellino -pasó por encima, sin ensuciar el aire transparente donde reposaba la pluma abandonada. Viendo aquel nuevo prodigio, los campesinos corrieron á la puerta del doctor, mientras gruesas gotas chascaban sobre la tierra seca. D. Nicomedes aporreó la puerta sin obtener respuesta, en tanto que el chaparrón arreciaba y la nube se venía encima, ensombreciendo el espacio. Al fin, á un aldabonazo más enérgico, la puerta se abrió despacío. sa y P. Nicomedes se precipitó en el zaguán obscuro. -Vecino, doctor- -gritó. -En su jardín pasa... Pero no pudo concluir, pues súbitamente surgió de entre las sombras de la escalera un rostro luminoso y barbudo chorreando un fuego líquido que goteaba sobre las manos del doctor González y sobre la toalla con que el doctor González se enjugaba. Tal vista cortó la palabra á D. Nicomedes, quien cerrando la puerta salió á la calle, y allí, horripilado, sólo dijo: Brujo... es brujo... se lava con fuego. El terror se extendió á sus oyentes, y todos huyeron bajo la lluvia espesa, que caía mezclada con gruesos granizos.