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terriblemente. Y tal arte supo desplegar, que... que una mañana la aguardó, cuando Filito salía á la compra. El asturiano lo había pensado fríamente. Sentía ciertos resquemores respecto de su enlace con Emilia. La actitud reservada de las hermanas contrariábale. Le daba, además, cierto miedo del lujo de ella. El sombrero, especialmente, le infundía pavor. La hija de los Villarcayos no era guapa como su amiga, pero á él le pareció simpática v amable. Siempre usaba velo. Y por fin, aquella consideración de los treinta v cinco á cuarenta mil duros ciue guardaba el padre, y que incautamente le reveló Emilia, ejerció decisiva influencia en su espíritu fluctuante. Por eso, una mañana se hizo con ella el encontradizo. Siguieron juntos. Hablaron, claro está, de Emilia. Su a m í g a l a alabó; también el novio, pero mostró sus temores. Ella, entonces, la defendió, mas sin excesivo ardimiento. El, al fin, arriesgóse. -Sí fuese como usted... Usted es otra cosa. Filito se ruborizó. El pastelero siguió avanzando. Pero al mostrarse más claramente, indignóse ella. ¡Faltar á una amiga! ¡Nunca, nuncal Llegaban á la casa. Se separaron. -Mañana volveré. ¡No, por Dios! Si Emilia lo supiera... -Lo ha de saber... Hondas y graves fueron. aquel dia las reflexiones de Filito. Había que traicionar á su amiga. Era fastidioso. Pero la otra, en su caso, haría lo mismo. El matrimonio pesaba mucho, aunque el novio no era siquiera pasable... sobre todo para ella, con dieciocho años v cuarenta mil duros. Sin embargo, era pastelero... Se durmió sin resolver. Por la mañana, á la hora de despertarse, cuando el espíritu, como desprendido de la tierra, reflexiona con más lucidez, sencilla y luiliinosa, apareció á Filito la idea decisiva: -No puedo casarme con él, porque entonces los pasteles serán míos, y tanto valía comprarlos. Para que pueda atracarme, tienen que ser de otra... de Emilia. Fuerte en esta resolución, salió. El asturiano esperaba... Se casó con Emilia. El día de l a b o d a transcurrió pesado y vulgar. La que más gozó fué Filito. Sorprendió á todos, aun á los que la conocían, su resistencia estomacal. Sus nervios fueron de acero para el baile. Y al llegar la noche, cuando se dispuso á acompañar á su amiga, se encontraba alegre, fresca, casi guapa. A instancia de unos muchachos, bebió aún dos copas de champagne. Con su corte de doncellas, la desposada llegó á la pastelería. Por una escalera de caracol subió al entresuelo, donde tenía el matrimonio sus habitaciones, siempre calientes por el horno, con olor á masa. Prestamente quitaron á Emilia sus vestidos y la hicieron el tocado de noche. La besaron y se despidieron. Pálida y hermosa, cubierta de encajes, la recién casada quedó apoyada en el lecho. Trasponían hermanas y amigas la puer t a P ilito salía la última. Aún se volvió; tornó á besar á Emilia. Y g o z o s a mirando á su alrededor como si t o m a r a posesión de todo, le dijo: ¡Qué bien lo vamos á pasar aquí! M a ñ a n a en c u a n t o me levante, vendré á verte. Su nariz dila W tábase al olor déla masa. Pero la d e s p o s a d a muy tranquila, 1 casi sonriente, le coi- -Mira, F ilito: esa- ¿ií cuanto la pases, quicj- u I U C VeX. KJi. Vi. O. CO. ¿Lo oyes? Sé- -anadió en voz baja y algo temblorosa- -que me lo has querido quitar, lo sé. Te conozco, y quiero paz en mi casa. Al golpe, quedó lívida Filito, sin fuerzas para contestar. Emilia, serena y desdeñosa, le seguía señalando la puerta. Y ella salió. En el pasillo cruzóse con el novio, que le dijo una broma. Ni le miró. Pero al llegar al vano de l a escalera, el olor de los pasteles calientes y apetitosos le dio en la cara como un bofetón. Volvióse entonces hacia la alcoba, que se cerraba, ocultando el misterio nupcial; vibró su cuerpecilio como el de una víbora, y con voz rabiosa escupió: ¡Cochina, roñosa, así revientes con ellos! RAFAEI, DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA -P- LEYDA