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P II ITO I o era pobre, sino casi rica. Su padre, antiguo empleado en Consumos, aforo por aqui, destare por allá, llegó con algunos tropezones, pero sin graves caídas, á juntar una mediana fortuna. Según decían en el barrio, no se dejaría ahorcar por treinta y cinco ó cuarenta mil duros. La madre, vizcaína, ex cocinera y aún más agarrada que su. marido, prestó á éste eficaz ayuda. Sólo la unión de ambas avaricias pudo llevar á tal auge y en tan poco tiempo la humilde casa de los Villarcayos. Estaba la tacañería arraigada en el matrimonio de tal suerte, que de ella no pudieron prescindir ni aun en el magno trance de procurarse sucesor y heredero. Y salió al mundo aquel infeliz y degenerado retoño, conocida luego con el nombre de Filito. Pequeña, desmedrada y feúcha, tenía en lo físico los trazos y gestos le sus padres, pero atenuados, desvanecidos, como etrato hecho por un aficionado pésimo. En lo moral tampoco desmentía su estirpe. Bien avenida con la mezquindad de su casa, á su misma xuadre excedía en la facilidad para el ahorro, en el empequeñecimiento, hasta la casi anulación de las necesidades... Y á su padre le superaba en las miradas furibundas que dirigía á los proveedores que llamaban con la pretensión exorbitante de cobrar sus cuentas, en la manera airada y minuciosa que tenía de examinarlas. Pero carecía Filito de aquella hermosa cualidad adquisitiva que tan alto puso la dinastía de los Villarcayos. Eo mismo que sus facciones, había degenerado para convertirse en otra, que en parte suplía á aquélla. iira esta cualidad la de colarse mañosamente donde quiera que hubiese algo que explotar: comida, refresco, baile ó diversión. Y eso que Filito no gozaba de ninguna de las condiciones que explican la gorronería. Ni conversación culta y ática, ni habilidad instrumental, ni siquiera una cara bonita. Sólo un instinto sagaz, un egoísmo formidable y una facilidad extraordinaria para la adulación. Con esto le bastaba para ser un eterno dominguillo. Y era de ver cómo aquel cuerpo raquítico y habituado á las privaciones de la casa Villarcayo, sucesora de la del dómine Cabra, atiborrábase de comida y bebida en las ajenas, sin que mostrase ahitamiento ni angustia. Víctimas preferidas de Filito eran las de Campo, cuatro hermanas solteras más pobres, pero más señoriles que la hija del consumero. El ser vecinas trajo el conocimiento, convertido pronto en amistad por el servilismo de la Villarcayo y la ingénita generosidad de las otras. Como la familia de Campo era numerosa, tenían muchas relaciones, frecuentaban teatros 3 bailes; fué aquél un manantial inagotable, una corriente gozosa de santos, visitas, palcos, regalos y trajes para Filito, que continua é implacablemente ejerció sobre sus amigas el imperio de sus artes. Ellas no se esquivaban. Sólo la mayor, Emilia, algo irascible, cuando Filito mostraba- -y era á menudo- -la oreja de su feroz egoísmo, se indignaba y la ponía como hoja de perejil. Filito no protestaba; dejaba pasar el chaparrón, y seguía comiendo y disfrutando. Sucedió en esto que á Emilia se le presentó un novio. No era guapo, fino, ni joven, sino un asturiano de los que á Madrid llegan, ahorrando zuecos. Pasó en la Corte muchas penalidades, vivió muriendo de muchos oficios; pero al fin, su pertinacia de ínula en la noria, venció; logró algunos ahorros, y con ellos puso una pastelería. Como todo lo que nace, necesitaba la tienda, para seguir existiendo, cuidado amoroso y continuo. Día y noche abierta, los esfuerzos del asturiano no eran bastantes, y pensó que allí hacía falta una mujer. Conoció por entonces á las de Campo. Un afán insólito de encumbrarse, de entrar de lleno en aquella burguesía á la que sieinpre mirara con respeto, le hizo pensar como posible la unión. Emilia era dicharachera y dispuesta. Ea pidió relaciones. Luego la floreaba así muchas veces: -En cuanto te vi, me dije: Esta es la inujer que me conviene para el mostrador. Doblaba Emilia el cabo de la juventud. Había fracasado en varios noviazgos. Temía horriblemente quedarse soltera. Y pese á sus antiguas aspiraciones, á la repulsión de su familia, aceptó. Y aceptó sin hacer ascos, sin poner gesto de sacrificio, casi con entusiasmo. Es inconcebible lo golosa que es la humanidad. Quien no haya visto aquel suceso, no puede calcular, por muy imaginativo que sea, la fuerza de unos pasteles. La entrada del afortunado poseedor de la pastelería en la casa, produjo una revolución. Se llenó diariamente de amigos que exaltaban ante Emilia las cualidades de su novio, proclamándole mozo amable, fino y hasta gentil. Se reían sus chistes; se admiraban sus proezas, pues le gustaba echárselas de bravucón. La portera le hacía profundas genuflexiones cuando pasaba. Con esto, la influencia y el poder de Filito menguaban. Los que antes la miraban con desdén, eran ahora sus competidores. Y en el futuro reparto de pasteles- -sueño de todos, -ella tendría uaa de tantas partes, menguada para su ambición. Pero Filito no era mujer que se arredrase. Presentó la batalla. No se ocupó de Emilia; con ella contaba. A pesar de sus enfados, era su amiga más íntima. Precisaba conquistar al pastelero. Empezó á insinuarse hábilmente con él. Se interesó en sus negocios, le halagó y aduló; coqueteó