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hacía en el periódico en defensa del ministro. Este le recibió callado, y mirándole fijamente co: no si no le reconociera del todo. -Vengo á robarle algún tiempo, quizá mucho... -Yo tendría sumo gusto en disponer de él... Estoy deseando mandar en mi tiempo, pero las ocupaciones... -Perdone que me atreva: pero necesito unos datos para la campaña que estoy haciendo en su favor. ¡Ah! eso es otra cosa... ¿Es usted Cañaveral? -Robledal, señor D. Augusto. -Eo mismo da, amigo Robledal. -No, no son lo mismo las cañas que los robles- -dijo el periodista, picado y dolido, con razón, de que desconociera hasta su apellido aquel hombre á quien defendía diariamente. Facilitados los datos, D. Augusto dijo á Robledal: -Utilícelos usted con toda su fuerza. Confunda y aplaste con ellos á ese Roberto el Diablo, seudónimo que usa Pedro Gómez de la Rábida. Es hombre de cuenta, de los ti mibles, y los políticos necesitamos contra éstos el apoyo de los amigos leales que están detrás de nosotros. Robledal salió amargado del despacho de D. Augusto: pero con el amargor que fortalece y entona, porqu. e sacaba de allí el secreto y remedio de sus males. Aquel diálogo fué una revelación, y el trueque de su apellido un símbolo que le enseñaba cómo las cañas huecas e, stán más en la memoria y en el favor de los poderosos que los robles que los sostienen. Dióle otra clave luminosa la precisión con que el olímpico D. Augusto sabía y puntualizaba el seudónimo, el nombre y los apellidos complicados del escritor que le atacaba. Unos días después Robledal intercaló hábilmente en el artículo en que defendía al gobierno un párrafo punzante como hoja de puñal florentino contra D. Augusto, quien, sintiendo el rejonazo, advirtió al director del periódico del descuido del articulista. -El ministro me h a dicho: encargue usted á Robledal que tenga cuidado. ¿Que he hecho yo á Robledal? ¡Hola! -respondió el articulista al director; -ya se ha enterado el ministro de que me llamo Rebledal. Vamos progresando. Pasados otros cuantos días. Robledal repitió con mayor intensidad aquel aldabonazo, para abrir atenciones ministeriales. D. Atigusto le escribió de su puño y letra, llamándole para conferenciar, en carta cariñosa, donde le nombraba hasta por su segundo apellido. Robledal no acudió á la cita, y por toda respuesta renovó el ataque. El ministro, enojado, exigió al director del periódico que expulsara de él á Robledal. -Imposible; es el alma de la publicación. i: 5 -Pues ya que no puedo hacer el mal, haré el bien. -Eso es más digno de usted. -Diga á Robledal q u e m e pida algo. -E l no pide; no sabe pedir, aunque desee. -Averigüe usted lo que desea, y dí- gamel. o. Pocos meses después. Robledal era elegido diputado á Cortes, y en seguida nombrado gobernador de una provincia importante. El Gobierno consiguió así contentarle y apartarle de la prensa. Y Robledal logró por ese camino lo que no lograra nunca por el de la adhesión y la humildad. -Te felicito y me felicito, porque al fin has hecho justicia al pobre Robledal- -dijo Joaquín á D. Augusto. ¿Ves como vale mucho? -No sabía yo lo que vale ese hombre. H a s t a que lo has tenido enfrente. En la política, como en la guerra, lo que está enfrente y en contra parece gigante cuando se viene encima, mientras parece pequeño lo que está detrás, f porque los que guían no lo miran. E s natural; los ojos ven lo que tienen delante y no lo que nos guarda la espalda. Hay que ser obstáculo y no terreno llano para no ser pisoteado. Todo VI: sacrificio nos parece poco cuando lo H s pedimos, y todo mucho cuando teñe í mos que pagarlo. Y, por su parte, el periodista, desengañado de sus ideales, escribió en su libro de memorias los renglones siguientes, como regla de vida: En la política, sirve más la po, sición del puño que el mérito de la cabeza. Sólo se prospera con el puño abierto ó con el puño cerrado. O abierto en actitud de pedir limosna, es decir, pordioseando siempre, ó cerrado en actitud de amenaza. Y cuando no baste el amago, dése el golpe. Y Robledal llegó á ministro. 4 EUGENIO UIBUJOS DE MEJÍDEZ BEIXGA SEEEÉS