Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EL) hWfK t) K J- fAGE R FORTUNA íjígSRO, por qué, Augaisto, por qué tienes abandonado á hombre de tanta valía como el pobre Robledal? ¿Cuándo te acuerdas de un amigo tan fiel, de un correligionario tan firme, de un talento tan claro, de un periodista tan sag az como él? -Querido Joaquín, no hay puestos para todos los correligionarios, ni memoria para todos los nomlire. -r iti cAic aeoia ti; xiuDcr menjioria; te r e s p o n d o d e c ué es un hombre útilísimo, de cuyas condiciones no sabéis aprovecharos los que ya habéis- hecho carrera. -No te contradigo. No dudo que sea correligionario firme. Pero ¡hay tantos correligionarios! -Inteligentes, no muchos. T a m p o c o dudo de su inteligencia. De su amistad sí que dudo, y puedo dudar. ¿Amig- o? ¡Si apenas le conozco de vista! Como nunca ha frecuentado mi tertulia... Sé que es redactor de nuestro ó r g a n o en la prensa. -El que e s c r i b e los mejores artículos. -No lo sé: porque allí nadie los firma. Én fin, tendré en cuenta tus buenos informes para la ocasión oportuna. -Ya veo el destino que dispones pai a él. -No, Joaquín, no concreto ninguno. -Pues por eso; sé á lo que le destinas: á seguir olvidado. Esa es la fói mula de la negativa cortés. Los que así hablaban e r a n don Augusto, el ministro que había jurado su cai go ocho días antes, y Joaquín, rin su amig- o particular, de bue- na intención 3 ningunas ambicione. uno de esos amigos que precisamente por no ser políticos, serían los mejores consejeros de los ministros si éstos les hicieran caso. Y el Robledal citado en la conversación era, e; Fectivamente, lo que los interlocutores habían dicho de él. Un periodista de talento, un desconocido d e s ú s capitanes, porque andando siempre en el trabajo de la batalla, no solía presentarse en las revistas del salón ele ios jefes. Pero al lado de esas excelencias. Robledal tenía- dos defectos que, las anulaban. Eos defectos eran cabalmente su constancia en la amistad política y su buen genio, apacible y contentadizo. Dos grandes estorbos en la carrera política. Robledal ni sabía pedir ni enojarse cuando no le daban lo que él secretamente creía merecido y ganado. Encerrado en la redacción de su periódico, había visto convertirse en personajes á muchos osados desnudos de entendimiento, de la misma manera que el traspunte de un teatro ve trocarse en príncipes y magnates, d é l o s que no hablan, por supuesto, á los pobres comparsas recién llegados de la callé con mala i- opa. Y como el traspunte les da la salida á escena, él daba- á- los improvisados personajes salida airosa al escenario político, escribiendo á veces con indig- nación, aunqae nunca con envidia, el elogio y la historia con que había que presentarlos al- público que no los conocía. Y á los pocos días, aquellos mismos personajes de colorete y lentejuelas, poseídos ya de su papel, ó le miraban por encima del hombro, ó á lo sumo, si eran corteses, le pasaban la mano intítil por la espalda con ese aire de protección innecesaria que ofende más que el desvío altanero. Desde la mesa de la redacción y llenando ele ideas las cuartillas, había visto llegar á direcciones y subsecretarías, á título de periodistas, á pedantes que habrían muerto de hambre si hubieran tenido que vivir de la pluma. Había visto pasar delante de él, ocupando, ó mejor dicho, desocupando los escaños del Congreso, á esos aficionados de la política cjue hacen de ella un deporte, hermano del íaiíí s y del ciclismo, y consideran los puestos de la alta administración como un cargo de casino elegante ó una dirección de cotillones. Veía medrar á los entremetidos, á los audaces, á los intrigantes, á los graciosos de profesión, á los jugadores de tresillo ó de billar que hacen la partida á los personajes y á los señores de compañía que los llevan de paseo, mientras él pasaba los años y los años escribiendo para los amigos y por los amigos, sin esperanza de ser más que unperiodista, y con la impedimenta de su talento ¿cuestas. Porque es de advertir cpie cuando algmn hombre, justo como Joaquín, hablaba de Robledal, se le contestaba; ¡Oh, sí, una g: ran pluma; por eso le necesitamos en el periódico; no puede dejarlo! Y Robledal seguía castigado por su talento, y preterido por los jefes de su bando. Cierto día Robledal tuvo que avistarse con D. Augusto con ocasión de una campana que el escritor